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ENLACES Y SENSACIONES (el día después del 8N)

domingo, 18 de noviembre de 2012



Por Antonio Camou

…cuando tenemos una sociedad altamente institucionalizada, las lógicas equivalenciales tienen menos terreno para operar y, como resultado, la retórica populista se convierte en una mercancía carente de toda profundidad hegemónica. En ese caso, sí, el populismo se vuelve casi sinónimo de demagogia trivial.

Ernesto Laclau, La razón populista (2005), VII, p. 238. 


Ayer decidí suspender mi entretenida lectura de la obra de Ernesto Laclau para asistir a la marcha del 8N en la ciudad de La Plata.

A esta altura del partido casi no es necesario presentar a uno de los intelectuales argentinos más reconocidos en el mundo, pero no está de más trazar un mínimo perfil. Graduado inicialmente en historia por la Universidad de Buenos Aires, promediando los años ‘60 fue invitado por el mismísimo Eric Hobsbawm para realizar sus estudios de postgrado en Inglaterra. Las escasas perspectivas ofrecidas por el onganiato le entregaron inicialmente un motivo adicional para partir, y las convulsiones políticas posteriores le agregaron un argumento convincente para prolongar su estancia lejos del terruño; de a poco,  el tiempo se fue estirando como un chicle, y terminó por construir una vida y una exitosa carrera académica del otro lado del Atlántico. Tanto por sus valiosas contribuciones analíticas como por su posición en renombradas universidades del primer mundo, Laclau ha entablado enriquecedores intercambios polémicos con las más rutilantes estrellas del pensamiento contestatario globalizado. En esos debates ha ido tejiendo una original e intrincada red conceptual para el estudio de la política contemporánea, que integra distintas líneas de pensamiento, entre las que cabe destacar el marxismo de orientación gramsciana, el psicoanálisis lacaniano y los estudios sobre el lenguaje, desde la filosofía de Wittgenstein hasta el análisis del discurso de inspiración francesa. Seguramente por esa refinada y compleja articulación teórica ha resultado tan atractivo a los ojos del kirchnerismo.

Aunque la obra de Laclau no se deja resumir fácilmente, algunas de las ilustraciones con las que matiza su sofisticado discurso son fáciles de captar. De hecho, creo que  pueden ofrecer alguna guía para pensar la política después de la masiva manifestación del 8 N. Tomo el siguiente ejemplo del capítulo IV del libro que más ha encendido la imaginación del oficialismo, La Razón Populista (2005). Allí sostiene Laclau:

Pensemos en una gran masa de migrantes agrarios que se ha establecido en las villas miseria ubicadas en las afueras de una ciudad industrial en desarrollo. Surgen problemas de vivienda, y el grupo de personas afectadas pide a las autoridades locales algún tipo de solución. Aquí tenemos una demanda que, inicialmente tal vez sea sólo una petición. Si la demanda es satisfecha, allí termina el problema; pero si no lo es, la gente puede comenzar a percibir que los vecinos tienen otras demandas igualmente insatisfechas –problemas de agua, salud, educación, etcétera-. Si la situación permanece igual por un determinado tiempo, habrá una acumulación de demandas insatisfechas y una creciente incapacidad del sistema institucional para absorberlas de un modo diferencial (cada una de manera separada de las otras) y esto establece entre ellas una relación equivalencial. El resultado fácilmente podría ser, si no es interrumpido por factores externos, el surgimiento de un abismo cada vez mayor que separe el sistema institucional de la población. Aquí tendríamos, por lo tanto, la formación de una frontera interna, de una dicotomización del espectro político local a través del surgimiento de una cadena equivalencial de demandas insatisfechas. Las peticiones se van convirtiendo en reclamos. A una demanda que, satisfecha o no, permanece aislada, la denominaremos demanda democrática. A la pluralidad de demandas que, a través de su articulación equivalencial, constituyen una subjetividad social más amplia, las denominaremos demandas populares: comienzan así, en un nivel muy incipiente, a constituir al “pueblo” como actor histórico potencial.

Ante todo, los improbables lectores de estas líneas no deberían desalentarse si algunas palabras no las encuentran en el diccionario, o en ningún otro lado, ya que así se estila escribir en ciertas zonas de las ciencias sociales. Pero si se piensa, por caso, en lo que en su momento fue la Comisión de Enlace, quizá las cosas empiecen a aclararse un poco. Después de todo, la historia comenzó con una serie de reiteradas “demandas” de distintos sectores agropecuarios que el kirchnerismo fue pasmosamente incapaz de absorber “diferencialmente”, y que luego fueron conformando una “cadena equivalencial” de mínimos denominadores comunes para avanzar, de manera concertada, en la conformación de un nuevo colectivo, “el campo”, de gran potencia simbólica, material y organizativa. La clave de bóveda del proceso fue la capacidad de la dirigencia de las distintas organizaciones para posponer sus diferencias de largo plazo en pos de “enlazar” sus voluntades en torno a metas de corto y mediano término.

Claro que el ejemplo también tiene patas cortas: mientras antes se trató de un reclamo “sectorial” ahora el desafío es el de avanzar en construcciones “políticas”, capaces de ir conformando una alternativa superadora al oficialismo. La existencia de múltiples demandas populares (seguridad, inflación, calidad institucional, libertad de expresión, respeto a la justicia, etc.), que no son atendidas por el gobierno, permiten pensar en una cierta “transversalización” de contenidos mínimos a través de los diferentes espacios partidarios. Pero por supuesto, el detalle que falta es la capacidad de la política para establecer las mediaciones necesarias. 

Inspirado por estas recientes y un tanto desordenadas lecturas laclausianas fue que decidí sumar mi propia pancarta a la protesta. Con letras rotundas escribí:   

“Por una lógica equivalencial que, a través de la “espesura” de los hechos, nos permita (re)construir –tanto discursiva como prácticamente- una nueva subjetividad democrática, popular y republicana”.

Pero me parece que no se entendió mucho. La gente que deambulaba por Plaza Moreno me miraba con una mezcla de sorpresa y desconfianza rayana en el temor. Unos jóvenes de secundaria –próximos votantes- intentaron deletrear el mensaje pero lo abandonaron al toparse con el primer paréntesis. Y una nenita que me señalaba con el dedo, con obvia intención de acercarse, fue severamente disuadida por sus prudentes padres.

Mucha más repercusión tuvo un pequeño cartel sostenido por un jubilado que –para colmo- se estacionó a mi lado. Decía así: “Soy un ciudadano… ¿O es una sensación?”.


La Plata, 9 de noviembre de 2012. Publicado en la página del Club Político Argentino: http://www.clubpoliticoargentino.org/

DE LA MANO DE ALFONSIN

viernes, 3 de abril de 2009
En 1846, en las Notas que escribe a propósito de Civilización y Barbarie desde su exilio montevideano, Valentín Alsina le recuerda a Sarmiento una vieja verdad de la política criolla, y quizá también de toda política. Al reflexionar sobre el fracaso del gobierno de Rivadavia, el dirigente bonaerense se pregunta: “¿No cree Ud. que, si en vez de ir a Europa, va a recorrer las provincias, a adquirir relaciones personales, a hacerse conocer y amar personalmente…, y en fin, a estudiar y conocer el país, que no conoció nunca, otra, y muy otra, hubiera sido la suerte de su posterior presidencia?”.
El mensaje encerrado en la botella pinta de cuerpo entero una manera de entender la política a la cual Raúl Alfonsín le fue fiel durante toda su vida.
Desde esa mirada, la política es estudio, es proyecto de transformación, es diálogo civilizado, es elaboración permanente de lazos de confianza, es una forma de afecto hacia lo público fortalecida a través del trato personal, es un camino institucionalizado de construcción de poder y de resolución de conflictos.
Con sana porfía de gallego consecuente, el padre de la democracia argentina contemporánea volvió a defender el compromiso con esas banderas en sus últimas apariciones públicas. Lo hizo, por ejemplo, en el merecido homenaje que recibió en la Casa Rosada, el 1ero. de octubre de 2008, cuando recordó:

“Siempre creí y así lo dije en tantas oportunidades que es la misión de los dirigentes y de los líderes plantear ideas y proyectos evitando la autoreferencialidad y el personalismo; orientar y abrir caminos, generar consensos, convocar al emprendimiento colectivo, sumar inteligencias y voluntades, asumir con responsabilidad la carga de las decisiones. "Sigan a ideas, no sigan a hombres", fue y es siempre mi mensaje a los jóvenes. Los hombres pasan, las ideas quedan y se transforman en antorchas que mantienen viva a la política democrática”.

Y volvió a hacerlo unos días después, en el acto que los jóvenes radicales organizaron en el Luna Park, para recordar el primer cuarto de siglo de la democracia recuperada.
El acto fue una rara mezcla de proyecto y de nostalgia, pero también un deber de estricta justicia. Había una multitud entusiasta de pibes que jamás compraron un chicle con un Austral, junto a racimos de señoras con ojos húmedos que habían votado por el Dr. Illia. Había dirigentes de toda laya, enrolados en las más diversas y fragmentadas capas geológicas del radicalismo, mezclados con militantes de corazón, y ciudadanos de a pie que fueron al Luna a celebrar los 25 años de democracia, y a homenajear al líder político que más ayudó a reconstruirla. Había muchos que lo habían votado aquel 30 de octubre de 1983, y también estábamos algunos que no lo habíamos votado nunca.
En su breve mensaje, ayudado por unas notas garabateadas que nunca leyó, un Alfonsín de entrecasa y sin corbata, mostró retazos de la energía de siempre, y a cada quien le destinó un sayo para ponerse.
Al gobierno lo zarandeó al decirle que "no puede sentirse el realizador definitivo de la Argentina del futuro porque haya ganado una elección", ni creer que se construye democracia "sobre la base de la destrucción" de todo lo preexistente; a su propio partido le recomendó mirar para adelante, y no quedarse “en un pasado que ya fue"; y a la dispersa oposición le recordó la importancia del diálogo, un "diálogo que no es simplemente diálogo entre gobierno y oposición, que es diálogo también dentro de la oposición". Y para completarla, dejó flotando en el viento un mensaje ecuménico: "Tenemos que querernos más entre todos los argentinos, porque a través del esfuerzo común es como vamos a resolver nuestros problemas".
El que hablaba era un Alfonsín gastado por la enfermedad, sobreviviente de mil batallas, pero animado por el ángel terco de su compromiso militante. El mismo compromiso que casi lo lleva a la muerte, una década atrás, en junio de 1999, mientras trajinaba por una desamparada ruta patagónica rumbo a Ingeniero Jacobacci.
Por aquellos días su estrella política aparecía eclipsada y su estilo proselitista un resabio de tiempos idos. En pleno auge de la “mass-mediatización” de la política, de la manufactura televisiva de productos electorales, de las lealtades fiscales, un ex presidente de 72 años, sin estructura de prensa, sin recursos, casi sin acompañantes, se imponía una vez más la tarea de caminar el país, de recorrer pueblo por pueblo, de movilizar comité por comité, de persuadir cara a cara.
La crónica de época recuerda que una semana antes del accidente, “había pasado por lugares tan distantes como Malvinas Argentinas, Quilmes, General Belgrano, América, La Pampa, Trenque Lauquen, San Luis y Río Negro”, y que todavía lo esperaban cuarenta actos en la provincia de Buenos Aires. En muchos de esos encuentros nadie esperaba encontrar multitudes; apenas el quórum propio de los dirigentes locales, un puñado de militantes fieles, y unos pocos vecinos curiosos que aceptaban el convite. Pero él, rememoran sus seguidores, “nunca preguntaba cuánta gente había antes de asistir a un acto”.
Tengo para mí que ese accidente comenzó a operar una magia secreta. Una cálida corriente de afecto popular volvió a envolver la figura de Alfonsín, y ya no lo abandonó, y seguramente jamás lo abandone. Fue sobre todo a partir de entonces cuando empezó a palpitarse más claramente que su palabra, su obra, su conducta, seguían mostrando un sendero que valía la pena seguir recorriendo.
Poco a poco también empezó a cambiar el espejo desde el cual escudriñábamos ese rostro multiplicado en afiches, en obleas y en pancartas rojiblancas. Sin dudas, Alfonsín fue un líder político extraordinario que se ha ganado un lugar en nuestra historia por mérito propio. Pero si en los años ochenta lo juzgábamos con la exigente vara de nuestras inagotables expectativas democráticas, lentamente comenzamos a vindicarlo a partir de las mezquinas experiencias políticas que lo sucedieron.

En su último discurso en la Casa Rosada, fue él quien rememoró al pensador italiano Norberto Bobbio, al decir que “somos también lo que elegimos recordar”. Desde mañana, a la historia corresponderá decantar los aciertos y los errores de su largo paso por los turbulentos años de la política que le tocó vivir. Pero hoy, más que nunca, una sociedad huérfana de ejemplos que nos sirvan de ley ha elegido recordar al viejo luchador político, democrático y republicano, honrado y austero; al afiliado histórico de la Unión Cívica Radical; al miembro fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos; al Presidente que promovió la paz y la integración regional; al que impulsó el inédito juicio a las cúpulas militares; al dirigente que asumió la bandera universalista de la defensa de los Derechos Humanos, por sobre utilizaciones instrumentales, oportunistas o partisanas; al líder político que nos enseñó a varias generaciones de argentinos y de argentinas que el Preámbulo de la Constitución Nacional podía ser recitado como una plegaria laica, un renovado programa de gobierno, una esperanzada promesa de futuro.
Pero si su fidelidad a estos principios y valores resaltan sobre el telón de fondo de una dirigencia acomodaticia, obscenamente enriquecida, desertora impenitente de sus obligaciones públicas, también el mensaje de Alfonsín sigue reverberando como un proyecto inacabado. De ahí su insistencia, en aquel discurso, por enfrentar algunos de los más acuciantes desafíos del presente.
Por de pronto, la necesidad de superar el “canibalismo político” en pos de una sociabilidad política que, sin eludir el conflicto, apueste a la construcción y al consenso. Para decirlo con sus propias palabras:

“La política implica diferencias, existencia de adversarios políticos, esto es totalmente cierto. Pero la política no es solamente conflicto, también es construcción. Y la democracia necesita más especialistas en el arte de la asociación política. Los partidos políticos son excelentes mediadores entre la sociedad, los intereses sectoriales y el Estado y desde esa perspectiva hemos señalado que lo que más nos preocupa es el debilitamiento de los partidos políticos y la dificultad para construir un sistema de partidos moderno que permita sostener consensos básicos. No será posible resistir la cantidad de presiones que estamos sufriendo y sufriremos, si no hay una generalizada voluntad nacional al servicio de lo que debieran ser las más importantes políticas de Estado expresada en la existencia de partidos políticos claros y distintos, renovados y fuertes, representativos de las corrientes de opinión que se expresan en nuestra sociedad”.

Claro que esa reconstrucción institucional de la política democrática en nuestro país no puede ir desligada de su compromiso social:

“Democracia es vigencia de la libertad y los derechos pero también existencia de igualdad de oportunidades y distribución equitativa de la riqueza, los beneficios y las cargas sociales: tenemos libertad pero nos falta la igualdad. Tenemos una democracia real, tangible, pero coja e incompleta y, por lo tanto, insatisfactoria: es una democracia que no ha cumplido aún con algunos de sus principios fundamentales, que no ha construido aún un piso sólido que albergue e incluya a los desamparados y excluidos. Y no ha podido, tampoco aún, a través del tiempo y de distintos gobiernos construir puentes firmes que atraviesen la dramática fractura social provocada por la aplicación e imposición de modelos socioeconómicos insolidarios y políticas regresivas”.

Para finalizar, cabe anotar una casual simetría de efemérides que ha reunido en estas mismas horas el recuerdo trágico de la invasión a Malvinas y la muerte del veterano líder radical. La coincidencia ha servido a algunos para enfatizar que la democracia argentina nació de aquella insensata guerra perdida. En parte es cierto, y en parte también corresponde recordar el rosario desarticulado de formas pacíficas de resistencia bajo el imperio dictatorial, pero cometeríamos un severo error de apreciación al leer aquellos procesos a la luz de una mecánica de dominó. La guerra de Malvinas, sin dudas, generó un enorme vacío de poder y abrió también una ventana de oportunidad; pero solamente un liderazgo político constructivo podía transformar esa apertura en un quiebre definitivo con el pasado autoritario, en el nacimiento de un inédito ciclo democrático, en una entrada a la vida pacífica y republicana. Y ésta fue la obra incuestionable del primer presidente de la democracia.
Salvando las enormes distancias entre aquellos años inclementes y nuestras actuales miserias, también hoy vastos sectores de la sociedad argentina sufren otros vacíos y padecen penosas orfandades; y quizá también hoy podamos recuperar algo de aquel espíritu del ’83, pero con el beneficio de inventario de todos los años que siguieron, con el saldo ominoso de las cosas que aprendimos.
Y aunque nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos; porque ahora estamos más pobres, somos más viejos, nos sentimos más inseguros, o nos hemos puesto un poco más cínicos, todavía y siempre habrá lugar para recuperar la esperanza.
Si así fuere, esa energía social que caminó en estas horas por las calles, que atravesó al país de cabo a rabo, que conmovió a propios y a extraños, no se disipará en un nuevo fracaso colectivo o quedará en el recuerdo como un fogonazo circunstancial.
Si así fuere, quizá podamos aprovechar este envión anímico para retomar la agenda incumplida de las promesas democráticas.
Esa agenda que empezamos a escribir de la mano de Alfonsín.

La Plata, 2 de abril de 2009

EL POLÍTICO Y EL CIENTÍFICO…

viernes, 27 de febrero de 2009
Hace exactamente noventa años, entre los meses de enero y febrero del dramático invierno revolucionario alemán de 1919, Max Weber pronunció dos conferencias invitado por la Asociación Libre de Estudiantes de Munich. Las tituló “La Política como Vocación” y “La Ciencia como Vocación”, y sus textos, corregidos y completados por el propio autor, fueron publicadas en el verano de ese mismo año, a escasos meses de su repentina muerte. Desde entonces, esos trabajos no solo han sido considerados una suerte de testamento intelectual del eminente sociólogo de Heidelberg; también se han constituido en un punto de reflexión ineludible para todos aquellos preocupados por las siempre tensas vinculaciones entre el saber y el poder, entre el conocimiento y la toma de decisiones, entre el quehacer del político y del científico.

Este espacio que hoy abrimos seguirá, a su manera, la estela de esas preocupaciones a través de un puñado de temas: Gobernabilidad, democracia, Estado y políticas públicas, sociedad y política, gestión del conocimiento, universidad y educación superior en Argentina y América Latina, entre otros.

Serán bienvenidas todas las opiniones, los comentarios y las críticas orientados a construir un espacio de diálogo, de reflexión y de intervención en los asuntos públicos. Solamente quedarán afuera los agravios o las expresiones de intolerancia.

No me comprometo a una presencia diaria; en todo caso, la elaboración de artículos y notas de opinión seguirá el ritmo que nos dejen otras ocupaciones y compromisos. Pero más temprano, o más tarde, aquí estaremos.

Mientras las primeras intervenciones de este nuevo BLOG se dejan escribir, los invito y las invito a que conozcan los artículos y notas de opinión ya publicados en los últimos meses, y que encontrarán en mi página: www.antoniocamou.com.ar

Otra vez bienvenidos, y hasta pronto!!!

AC
La Plata, 25 de febrero de 2009

Más material del autor

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