BEATLEMANÍA

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Here, making each day of the year
Changing my life with the wave of her hand
Nobody can deny that there's something there

“Here, there and everywhere”, Revolver (1966).



Llegamos a Hamburgo un día gris de otoño, ventoso y frío, con perspectivas turísticas moderadas tirando a bajas. De entrada nos dimos cuenta que esta ciudad –la más rica de Alemania según los lugareños- no vive del turismo. Ni le interesa demasiado. La oficina de informaciones frente a la estación principal de trenes es un container con dos aberturas vidriadas, herméticas, que se comunican con el público a través de un micrófono y de un dispositivo de seguridad en forma de bandeja deslizante –como los que hay en ciertas farmacias de barrios difíciles- por el que te pasan un mapa o reciben el dinero. Haciendo juego con el mecanismo la empleada que nos tocó en suerte se hubiera destacado por su crueldad en una Penitenciaría o en un reformatorio, y de lejos se veía que disfrutaba con su trabajo. Antes que pasáramos nosotros una chica preguntó a media lengua –en un inglés tal vez mezclado con arameo- dónde quedaba el centro; la tipa no gastó muchas energías para detallar su respuesta: levantó una mano señalando el sudoeste y balbuceó “para allá”, y la largó dura a la piba que agarró su mochila congratulada de que al menos había salvado su vida. Como Anabella, mi mujer, habla alemán, y además nosotros le compramos un city tour (“no credit card: cash!” ladró por las dudas desde adentro del rectángulo) se creyó en la obligación comercial de agregar un par de gruñidos a sus minuciosas explicaciones.



Tomamos la línea “verde”, la única con audio-guías en castellano, y empezamos a recorrer la ciudad. Las guías eran un tanto parcas en información y los comentarios –para mi gusto- más bien lacónicos; estaban habladas por alemanes, que a juzgar por los resultados habían tomado su primera clase de español la misma mañana en que grabaron el texto del recorrido. Por ejemplo, no hubo manera de que distinguieran entre “quinientos mil” y “cinco millones”, al referirse a la cifras de emigrados que se embarcaron desde aquí entre mediados del siglo XIX y el período de entreguerras, y fue curioso descubrir que la iglesia de Saint Michel había sido destruida un par de veces por un “encendido”. Como ya estamos acostumbrados, no nos sorprendió el trato políticamente correcto con el que recorren los meandros históricos de la actual Unión Europea. Por caso, resultó simpático saber que a Napoleón –a quien los hamburgueses no tienen en mala estima- le explicaron que tenía que irse del país porque el resultado de la batalla de Waterloo no lo favorecía. Alternamos los comentarios triviales (“en el Atlantic Hotel se filmó una película de James Bond”, “el Rat-Haus tiene seis habitaciones más que el Palacio de Buckingham”) con hermosas vistas del Lago Alster, rodeado de mansiones espectaculares y parques alfombrados de hojas amarillas, y remontamos el curso del Elba hasta el puerto, que a esa altura de la tarde se fundía en un horizonte donde se enroscaban las nubes, el agua, el viento y la lluvia. Cruzamos infinidad de puentes sobre canales (“Hamburgo tiene más puentes que Amsterdam y Venecia juntos”), nos asomamos al movimiento perpetuo del Hafen City, y recorrimos las galerías de una ciudad que se acostumbró a comerciar con todo el mundo desde la Edad Media. Pero para quien escribe estas líneas, Hamburgo será siempre, y por sobre todas las cosas, “Reeperbahn”, y “Grosse Freiheit”, y el boliche en el que los Beatles debutaron hace exactamente cincuenta años, y la colección de antros donde encontraron su verdadera voz y comenzaron a despegar.



“Reeperbahn” atraviesa el corazón del barrio de St. Pauli y la presentan como la calle “más pecadora del mundo”, pero si no gana el premio le pega en el ángulo que trazan el palo y el travesaño. Recibe su nombre de una antigua palabra referida a las sogas trenzadas de los barcos y reúne en sus dos anchas orillas, en sus callejuelas aledañas, y a lo largo de un kilómetro, una interminable, colorida, subyugante colección de sex-shop, table dance, boutiques bizarras, cines porno, casinos, locales de strip-tease, gabinetes de sexo en vivo y baños sauna, mixturados con restaurantes, pubs, locales de comida rápida, discotecas, teatros o boliches con shows musicales. Como todo está carnavalescamente mezclado, mientras en un bar la muchachada se entusiasma con la derrota del Mainz a manos del Hannover, gracias a un gol de Pinto, pared de por medio se puede apreciar a una escultural ucraniana sin corpiño descolgándose de un caño. Originalmente, en el trayecto que va del siglo XVII a comienzos del XVIII, el área definía la frontera con el borde continental de Dinamarca, era una zona franca para el comercio y se respetaba la libertad religiosa; de a poco, se convirtió en el lugar donde los marineros que llegaban al puerto más importante del país venían en busca de diversión, y de ahí a transformarse en la zona roja más famosa de Alemania, y una de las más conocidas de Europa, hubo unos cortos pasos.



Justo en la esquina de “Reeperbahn” y “Grosse Freiheit”, la calle de la “Gran Libertad” (nombre debido a razones de tolerancia religiosa aunque la gente después lo entendió para el lado de los tomates), desde hace un par de años se inauguró la Beatles Platz. Sobre un círculo que semeja un disco de vinilo hay cuatro perfiles metálicos inconfundibles en un primer plano, y más atrás, a un costado, con un bajo a media asta, apuntando al piso, hay una quinta figura que encarna la breve y trágica vida de Stuart Sutcliffe. Artista plástico de talento, improvisado bajista y amigo íntimo de John Lennon, llegó como integrante del grupo desde su primera incursión en tierras germanas, aquí se puso de novio con Astrid Kirchherr y decidió quedarse en la ciudad, en la que moriría de un derrame cerebral en 1962, a los veintiún años. Entre otras iniciativas, a la inspiración de Astrid hay que agradecerle las que tal vez sean las mejores fotografías que les tomaron alguna vez a los Beatles. Esos cinco pibes jovencísimos, John, Paul, George, Stuart y Pete Best (el baterista que luego sería reemplazado por Ringo Starr) aparecen en blanco y negro, peinados sin flequillo y con camperas de cuero, posando para toda la eternidad entre las construcciones del puerto. Algunas copias de esas fotos, junto al rastro de los pasos que dejaron por la ciudad, pueden seguirse en la exposición Beatlemanía, a pocos metros de la plaza, que reúne –además de información general sobre su trayectoria posterior- la historia del grupo en sus días de Hamburgo. No hay manera de perderse: “A Hard Day´s Night” está sonando a todo lo que da.



“Esbina-jarrrr-deys-nait-anabiul-guorkin-laikel-dog...” arremete el Guille en un inglés que ahora, sólo ahora, se puede calificar de capusottiano. Saca del equipo el disco 1 del Álbum Rojo, luego pone “Revolution”, y se queda mirando el cielo o el vacío a través de la ventana, en dirección al Hotel “Gala” o la Librería “El Águila”. Investiga una por una las palabras que va a utilizar y declara, con una solemnidad que no encaja en sus quince años recién cumplidos: “Chacho, yo nunca voy a dejar de escuchar a los Beatles”. Estaba emocionado porque esa misma tarde se había comprado en “Opus”, la disquería que estaba en la entrada de la Galería Central, uno de los primeros ejemplares de Música de Rock´n´Roll que llegaban a Necochea, allá por mediados de los años setenta. La novedad era que traía “Muchacho malo”, un tema nunca antes editado en la Argentina según explicaba el sobre, y la primicia salía sus buenos mangos.



Ahora que lo escribo, ahora que lo pienso, tal parece que hay un momento del desarrollo del hipotálamo musical de los adolescentes, que antes podía ubicarse aproximadamente entre los 14 y los 16 años, en el que se produce el enganche con los Beatles. Si la conexión no se establece en ese lapso, difícilmente se produzca alguna vez; pero si se consuma, dura para siempre. Quiero creer que algo de eso nos pasó a todos los que en ese tiempo íbamos a los “asaltos” en la casa del Coco, peloteábamos en el patio del Nacional, o nos encontrábamos puntualmente –para no hacer nada- en la esquina del edificio de la Aduana o frente a la puerta del kiosko del Marce.



Debo confesar que con los años, antes de ingresar a la irrefrenable vejez, me ha ido picando un cierto cholulismo beatlemaníaco que en la juvenilia no tenía. Rastrillé el Central Park buscando el círculo ajedrezado que recuerda “Strawbery Fields”; un policía newyorkino me sacó carpiendo mientras sacaba fotos a la entrada de los edificios Dakota; a Anabella casi la pisa un auto mientras buscaba el mejor ángulo para retratarme sobre la histórica senda peatonal de “Abbey Road”, y escribí con aplicación alguna boludez sobre la pared enrejada del edificio de Apple Records, en Londres, que aparece en el Álbum Azul. Pero ahora estábamos ahí, justo a la entrada de “Grosse Freiheit”, en el mismo barrio tugurioso donde la gira mágica había comenzado, y donde todo, de alguna extraña manera, todavía está como era entonces. Dejamos atrás “Reeperbahn”, con el brazo norte del río Elba a nuestras espaldas, y caminamos en la noche a través del ruido, las luces colgantes de neón y un desparejo turbión de viandantes, hasta llegar a la puerta de lo que en la actualidad es el reciclado club “Indra”; en la entrada, una pequeña placa resalta sobre la fachada de rojo furibundo; nos recuerda que allí, en ese bar que lleva el mismo nombre del dios más importante de la primitiva religión védica, el 17 de agosto de 1960 debutaron los Beatles. Por entonces era un sucucho de mala muerte, y aunque ahora ha mejorado un poco, todavía se sigue respirando el mismo aire de bajo fondo que tenía hace medio siglo. Un poco más acá está el célebre “Kaiserkeller”, y enfrente, sin dar abasto en ese barrio de impenitentes, la iglesia de Saint Joseph, famosa porque su púlpito fue meado con esmero por los muchachos de Liverpool. La blasfema micción les costó un proceso judicial que impidió por varios años que pudieran regresar a Alemania. Hubo que hacer una tramoya legal para que en 1966 se los habilitara a volver a Hamburgo cuando ya eran intocables y taquilleras estrellas globales.



Por aquella época escuchábamos los Beatles todos los santos días, y todavía no me explico cómo fue que logramos concretar una especie de milagro pedagógico invertido: nuestra pronunciación siguió siendo decididamente espantosa. Dentro de la miseria general del grupo, yo era uno de los que sabía un poco más de inglés, pero la media fonética del barrio era más bien baja y un servidor no hacía ninguna diferencia. Por ejemplo, para Guille “Let it be” siempre fue algo así como “eripí”, a todos nos costaba aceptar que “Oh Darling” no fuera “Ohú Charly” y en “El jardín de los pulpos” había una parte en la que siempre nos embrollábamos con el “finitugüey”. De todos modos, nunca le dimos mucha bola a la letra; los pibes con los que nos juntábamos en Neco chapurreaban igual que nosotros, y por sobre todas las cosas, la música de los Beatles tenía una virtud soberana: le gustaba a las chicas.


En la esquina de “Grosse Freiheit” y “Paul-Roosen Strasse” dimos vuelta a la izquierda, y caminamos unos pasos; en el número 33 de “Paul-Roosen” hay ahora una modesta casa de departamentos en cuyo garaje pintado de blanco un grabado recuerda que allí estaba el famoso “Bambi-Kino” (el “Cine Bambi”). Ahí vivieron los Beatles, durmiendo detrás del escenario y aseándose en el baño de mujeres en sus estancias iniciales en Hamburgo. El empresario Bruno Koschmider, que los contrató en el “Indra”, era también dueño del “Kaiserkeller” y del “Bambi”, así que en el rejunte abarataba costos por varios lados. Por esas callejuelas pobretonas, marginales, antiguo barrio de laburantes chinos a pocas cuadras del puerto, seguramente deambularon en lentas y largas madrugadas, del “Bambi” al bar “Gretel + Alfons”, y a un paso el “Indra”, donde tocaban en extenuantes jornadas de seis a ocho horas por un salario de treinta marcos. Aunque los Beatles llegaron a Hamburgo un poco de casualidad, como cuarta opción después de que otras tres bandas declinaran la poca seductora oferta, fue aquí donde terminaron de formarse, y comenzaron a levantar vuelo. Aquí dieron casi trescientos conciertos, con un total de mil quinientas horas de música en vivo (más de lo que tocaron en su Liverpool natal); aquí se encontraron con Ringo Starr, que estaba tocando con otra banda, y que fue invitado a reemplazar a Pete Best, primero en algunas actuaciones puntuales, y luego integrándose a la formación definitiva; aquí subieron los primeros escalones del éxito, cuando del limitado “Indra” lograron saltar al “Top-Ten” y al reconocido “Star-Club”, mientras el mensaje en la botella empezó a pasarse de boca en boca, y cada vez más gente venía a escucharlos. De a poco, en interminables noches de humo y alcohol y sexo fácil y pastillas, aquí, en Hamburgo, comenzaron a consolidarse como grupo, a componer más y mejor, y empezaron a ser lo que ya pronto serían.


Por supuesto que escuchábamos otras cosas. Por empezar, Sui Generis, Pastoral (“En el hospicio”), o Vox Dei (que en Los Capuchinos se escuchaba en la iglesia!), y todo lo que venía desde las distintas ondas del rock nacional o de la “música progresiva”, como también se la llamaba, y que entonces no circulaba por la radio o la tele, sino de mano en mano, de disco en disco, de cassette a cassette. A través de Carlitos, el hermano mayor del Marce, nos empezamos a desayunar que había otros universos musicales por explorar, y empezamos a rendir las materias básicas (Led Zeppelin, Pink Floyd, The Who, Yes, Jethro Tull, Credence, o el trío de Emerson, Lake & Palmer), además les sumamos algunas otras asignaturas optativas (Three Dog Night, Steppenwolf, o el magnífico “Espectrum” de Billy Cobham). Claro que también se nos daba por escuchar cosas más tranquis, como Carpenters, Simon & Garfunkel, los Bee Gees de la época de “Mr. Natural”, The Mamas and the Papas, que le encantaba a mi prima Silvia, o la clara y luminosa voz de Maureen McGovern en “The Morning After”, el tema original de la película La aventura del Poseidón. A veces enganchábamos algo de pura casualidad, como cuando el Guille la embocó comprándose al voleo “Moving Waves”, del grupo holandés Focus, pero otras veces, habrá que reconocerlo, en una época en que muchísimas cosas eran un “quemo”, no considerábamos una auténtica carbonización musical escuchar el simple de Emmanuelle (¿Por Juan Salvador?) o “Pequeña y frágil”, del actualmente innombrable Sabú.




Volvimos al barrio al otro día porque nuestra excursión nocturna no nos había permitido ubicar el lugar donde estaba el famoso “Star-Club”. Era una mañana de domingo pero los sex-shop y los cines porno seguían a todo dar sobre “Reeperbahn”. Pese al frío y la llovizna unas prostitutas arreglaban su negocio en la vereda con algunos rezagados que se habían quedado con ganas de la noche anterior. Otros sobrellevaban la derrota durmiendo en la entrada de un casino, y cuando despegaban un ojo te pedían una moneda o un cigarrillo. Doblamos por “Grosse Freiheit” y nos recibió una escena que tardamos unos instantes en descifrar. El chofer de un taxi mantenía el baúl abierto del auto con unas valijas adentro, mientras en la vereda había un grupo de hombres y mujeres hablando en voz alta. Al parecer, el taxista esperaba que terminaran de despedirse algunas personas del grupo, pero la despedida –descubrimos- incluía una confusa pelea que se desarrollaba con interrupciones: dos mujeres se agarraban de las mechas y gritaban, luego paraban pero se seguían insultando, después volvían a agarrase; unos intervenían para separar, otros se entreveraban en el amasijo; algunos simplemente miraban; un público creciente con cervezas en la mano empezó a animar el espectáculo desde el bar de enfrente; finalmente, después de varias vueltas sin resultado claro, un tipo se llevó a la rastra a una de las chicas, logró que entrara en el taxi, y se fueron.



Por eso, porque nos gustaba a nosotros pero sobre todo a las chicas, los Beatles eran número puesto en todos los “asaltos”, o en los “malones”, como mucho tiempo después descubrí que se le decía en otras comarcas. Lo bueno que tenían era que si había que reanimar el espíritu en caída libre de una reunión apelábamos a un rock fuerte, tipo “Sally la lunga” o “La ví parada ahí”, y cuando la ocasión pintaba propicia, o había que hacerle pata a un necesitado para acercar posiciones, nos jugábamos por “Hey Jude” o “Yesterday”, y no fallábamos. En otros casos, en cambio, respondíamos a instrucciones mucho más precisas: por caso, cuando el Marce lograba que la hermana del Coco le diera bola para bailar lento, el Guille y yo sabíamos que había que enganchar “Michelle” con “Algo”, y después, si el asunto todavía daba para más, rematar con “Un camino largo y sinuoso”. A fin de cuentas, ésas eran las innegociables ventajas de habernos improvisado como disc-jockeys. Para variar, el mejor equipo de audio lo aportaba siempre el Guille, que era el potentado del grupo, aunque a veces los padres no se lo prestaban, y había que efectuar algunas operaciones clandestinas para sustraer el amplificador sin que los viejos se dieran cuenta, y después enchufarlo a cualquier winko que gloriosamente supiéramos conseguir; el Marce llevaba un grabador de cinta de carrete abierto y yo contribuía con mi modesto National monoaural, a cassette, pero que andaba un rayo. La casa generalmente era la del Coco, que junto al amplio living que daba a la calle 55, justo atrás del Nacional, tenía un pequeño pasillo, al que se podía acceder por otra puerta, y que ofrecía un lugar inmejorable para ubicar los precarios componentes musicales. Pero como responsables profesionales en ciernes, nuestro valor agregado era, por lejos, “el juego de luces”. Lo armamos el Marce, el Coco y yo, con algún aporte del Guille. Con el Coco andábamos ya por el segundo año del Colegio Industrial, así es que ya manejábamos los capítulos iniciales de la electricidad, y los circuitos “en serie” y “en paralelo” no guardaban ningún misterio para nosotros. El Coco ofreció su cajón de pesca, que había hecho en las clases de carpintería de primero, para transformarlo en la “consola” del aparato. De ahí salían varias líneas de cable de extensión variada: dos, cinco, y hasta diez metros. Los portalámparas, con focos de baja potencia de todos los colores, quedaban disimulados en latas de aceite de auto, cortadas con un cuidado que jamás volví a poner en ninguna otra tarea manual que encaré en mi existencia. Ya sobre el terreno, desparramábamos las latas –forradas con papel oscuro para emprolijarlas- por debajo de los sillones, las colgábamos en los cuadros de las paredes o en alguna araña del techo, o las metíamos adentro de alguna planta o detrás de una pecera, para lograr algún efecto especial. Al abrir la tapa del cajón, la “consola” era en realidad una tabla calada de celoté con nueve perillas que nos permitían manejar colores y sectores, y en una función podíamos prender y apagar todo el equipo a la vez. Para esa época, entre la tecnología poco desarrollada, y nuestros magros recursos, no daban para meterle intermitencias o manejo de intensidad lumínica, pero con nuestro “juego” hacíamos capote en el barrio, y cuando las barras de otros lugares se enteraron de nuestro invento nos pedían que lo lleváramos a asaltos que se hacían en otras casas. Así fue como empezamos a conocer mundo.



Seguimos avanzando por “Grosse Freiheit” y a los pocos metros nos cruzamos con un muchacho que venía en falsa escuadra –no muy alto, macizo, de cabeza rapada; el pibe zigzagueaba por la vereda, borracho hasta la médula, con un hilo de sangre que le bajaba desde el medio del marote, y puteando a los cuatro vientos. Antes de llegar a la esquina de “Schmuck-Straase”, sobre el número 39 de la calle, descubrimos finalmente una vieja entrada de garaje con gastados ladrillos a la vista: ahí estaba la entrada del famoso “Star-club”, el boliche que floreció entre el 13 de abril de 1962, cuando fue inaugurado, y el 31 de diciembre de 1969, cuando a consecuencias de un incendio cerró sus puertas definitivamente. Un poco más adentro, el portal de acceso se abre a un patio rectangular al que desembocaban otros bares de medio pelo, sobre una pared lateral una placa de mármol negro, con letras de oro, recuerda que allí tocaron, además de los Beatles, algunos otros desconocidos como Little Richards, Tony Sheridan, Bill Halley, Chubby Ckecker, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry o Brenda Lee. La leyenda insinúa –y la placa pretende certificarlo- que también allí tocó Jimmy Hendríx, pero como ciertas historias que todos cuentan, no hay nadie en Hamburgo que pueda corroborarla y ninguno se atreve a desmentirla. Mientras recorríamos el patio interior reapareció el muchacho de la cabeza rota: la novedad ahora era que tenía un pañuelo con el que se enjugaba la herida, y que venía acompañado de dos policías que había estacionado el patrullero en la puerta del antiguo club. Bajaron y fueron directo a uno de los bares que daba al patio y que todavía permanecía abierto; parece que algunos crápulas lo habían agarrado a patadas al rapado y el pibe volvía con refuerzos legales, pero no pudieron encontrar a los culpables y se fueron por donde vinieron. El “Star-club” es importante por muchas cosas para los fanáticos, pero sobre todo porque en este lugar, la que ya era la formación definitiva de los Beatles, con Ringo en la batería y las tres luminarias en la delantera, grabó en vivo, en diciembre de 1962, algunos meses antes de Please, Please, me, más de una veintena de temas que recién serían editados en disco mucho tiempo de su separación.



En mayo de 1977 apareció finalmente en Londres The Beatles Live at the Star-Club in Hamburg, Germany (1962), mientras que yo, en Necochea, me cambiaba al Colegio Nacional. A fines del año siguiente terminé la secundaria y ese verano me fui a hacer el curso de ingreso para entrar a Derecho en La Plata. Por esa misma época, y por razones de laburo, toda la familia del Coco se fue de la ciudad; vendieron la casa de la calle 55 y les perdimos el rastro. Ya estaba haciendo la colimba cuando me enteré que un loco había matado a John Lennon en New York, hace de esto -casi casi-treinta años. Alguna vez nos contaron que la hermana del Coco se casó con un muchacho que trabajaba en el banco y que vivían en Mar del Plata, pero son leyendas, como la que cuentan los hamburgueses sobre Jimi Hendrix. No sé qué se hizo del juego de luces y en alguna vuelta de la vida también perdí el grabador National. Al Guille hace mil años que no lo veo, pero cuando alguna vez lo encuentre voy a preguntarle muy seriamente si todavía sigue escuchando –como yo- los discos de los Beatles.



Hamburgo, 12 al 14 de noviembre de 2010.

CUANDO PASE EL TEMBLOR

miércoles, 3 de noviembre de 2010
Es cierto. Era más fácil pensar, escribir, actuar políticamente “contra Kirchner” que hacerlo “después de Kirchner”.
Desde hacía ya un tiempo, buena parte de la oposición política e intelectual se había instalado -¿nos habíamos instalado?- en la blanda complacencia de un viento favorable: el kirchnerismo se estaba desarmando solo. Para hacer diferencia bastaba pegarle duro al lado flaco de un liderazgo que iba dejando un tendal de adeudos sociales, de desplantes institucionales, de inconsistencias económicas, o de oscuridades patrimoniales. Si Néstor Kirchner era el ancla del sistema político y la brújula de su gobierno, también servía a la oposición de mascarón de proa para enrostrarle todas las críticas, para enhebrar todas las diatribas, para recibir y soportar todos los garrotazos.
De ahora en más, en cambio, mientras el oficialismo enfrenta la difícil prueba de gobernar sin su jefe, a la oposición, sobre todo aquella que busca ubicarse en el costado progresista del espectro político, no le cabe un desafío menor. Con la sorpresiva muerte del caudillo santacruceño terminó también de manera abrupta la “fase fácil” de acumulación opositora. Por eso, esta oposición deberá contribuir, por un lado, a la gobernabilidad democrática del país, pero a su vez, tendrá que ser capaz de elaborar un proyecto que a su manera niegue, conserve y supere, como hubiera dicho el viejo Hegel, la herencia del patagónico.
Por de pronto, deberá negar sin retazos lo que podríamos llamar el “kirchneriato”: un estilo de conducción personalista, vertical, hegemónico, que utilizaba todos los recursos públicos disponibles para concentrar el poder en un sistema piramidal de decisiones; un diseño cerrado desde el punto de vista político, adverso al control republicano e irrecuperablemente ineficaz para una gestión pública moderna. Este esquema, que se soldó a lo peor del peronismo bonaerense y a la más rancia corporación sindical, alimentó un oscuro dispositivo que entreveraba los inconfesables aportes de campaña, el tráfico de influencias y el capitalismo de amigos con la patoteril intervención del INDEC, la subordinación del Consejo de la Magistratura o el desembozado “apriete” al periodismo crítico.
Pero junto a este momento de irrenunciable negación, parece difícil hoy viabilizar un proyecto progresista que no incorpore, conservándolas, muchas de las banderas que el kirchnerismo impulsó en la escena política nacional: desde el juicio al terrorismo de Estado hasta la redistribución del ingreso, desde la “democratización de los medios” hasta la vindicación de la dimensión intelectual de la política. Esas banderas –a pesar de su ambigüedad pero también en virtud de ella- seguirán ondeando, quizá ahora más que nunca, como sistema de señales. Bien empuñadas, podrán servir de línea de frontera para separar la crítica que busca trascender el kirchnerismo de su mera negación conservadora, cuando no de aquellos que mezquinamente pugnan por la custodia de sus privilegios, y que tal vez hoy celebren apresuradamentye el mantenimiento del statu quo o la defensa reaccionaria de un país para pocos. Que muchos seguidores del conductor caído no hagan una buena lectura para separar a unos y otros no debería ser excusa para caer en simétricas, tozudas e inconducentes confusiones.
Claro que la dinámica de la superación jugará su suerte tanto en nuestra capacidad para replantear críticamente la relación que el gobierno de los Kirchner entabló entre los medios utilizados y los fines esgrimidos, como en la instalación de nuevos sentidos, de textualidades originales, de aspiraciones descuidadas. Será un desafío donde el conocimiento experto, la elaboración intelectual, la imaginación institucional y la construcción de una nueva voluntad política deberán aunarse en una minuciosa, absorbente, tal vez ingrata pero imprescindible tarea. Los botones de muestra son muchos: ¿Es posible “fortalecer el Estado” sin contar con un sistema creíble de estadísticas nacionales o dibujando en el aire los números fiscales? ¿Un programa económico inflacionario puede constituirse en la base de un esquema efectivo de redistribución del ingreso? ¿Cómo pasar del aprovechamiento circunstancial de factores que empujan el crecimiento a un patrón sostenible de desarrollo productivo? ¿Hay perspectivas para una sociedad próspera y equitativa sin reglas claras, estables y previsibles para la inversión, la exacción impositiva o el comercio? ¿Hay opciones de progreso social desligadas de una sólida voluntad de construcción de calidad institucional? ¿Podemos “democratizar los medios” sin republicanizar el poder político? ¿En qué sentido es posible discutir una política de Estado para los derechos humanos que no instrumentalice sus símbolos y que sea acorde con una visión plural de nuestras memorias y nuestro pasado? ¿Se puede profundizar la democracia sin diálogo con el otro, sin una política de reconocimiento de sus proyectos y sus diferencias?
Cuando pase el sacudón de estos días, que en una semana nos zamarreó con el asesinato de Mariano Ferreyra y con la muerte del ex presidente, habrá que enfrentar esas y otras muchas cuestiones abiertas de la agenda pública. El reto es enorme y está rodeado de incertidumbre, pero al menos hemos adquirido una certeza: no encontraremos las respuestas batallando obsesivamente contra una larga sombra del pasado, sino amasando un nuevo proyecto de futuro.

Berlín, noviembre 2 de 2010.

EL KIRCHNERISMO DESPUÉS DE KIRCHNER

miércoles, 27 de octubre de 2010
El sorpresivo deceso de Néstor Kirchner seguramente dará un vuelco significativo en el cuadro político del país, a un año exacto de realizarse las elecciones presidenciales.

En vida del caudillo santacruceño, el kirchnerismo enfrentaba para el año próximo dos gruesas opciones políticas: o bien peleaba por “todo”, corriendo el riesgo de perderlo todo; o bien peleaba por "algo", consciente de que no podía aspirar en este turno al premio mayor (por ejemplo, podía tratar de conservar la gobernación de la provincia de Buenos Aires, y esperar que –en un escenario dividido- un gobierno nacional de orientación radical-socialista se hiciera cargo de la pesadísima herencia por dejar).

Ya sin Kirchner, después de los días de insoslayable duelo, del trauma personal que significa la enorme pérdida, y de la corriente de apoyo popular que seguramente la acompañará, la Presidenta tendrá que afrontar por sí misma el que probablemente sea el dilema estratégico más grave de toda su vida: “lealtad” o “salida”.

En el escenario de la “lealtad” –entendida más en el sentido de una lógica decisional que en términos de la mística peronista- la Presidenta se hace cargo de continuar el proyecto político que lo unía a su esposo, y entonces reorganiza la lucha con sus (¿renovadas o menguadas?) promesas de éxito y sus amenazas de rotundos fracasos.

En el escenario de la “salida”, en cambio, la Presidenta empieza a ver este año y pico de gestión como la transición hacia otro gobierno peronista, y bajo el holgado paraguas de la negociación fraterna –entre hermanos sedientos de poder, es claro, pero hermanos al fin-, negocia con algunos sectores del Peronismo Federal una transición más suave, incluyendo el intercambio de candidaturas, espacios de poder y tranquilidades judiciales (en este escenario, las acciones de alguien como Daniel Scioli ofrecen muy buenos dividendos a los interesados de distintos grupos). Seguramente habrá más de una pelea en la travesía, pero al interior de límites dibujados por el ansia compartida de mantenerse en el poder. Incluso de rebote hasta pueden acordarse algunas buenas políticas.

Claro que la Presidenta no estará -para su bien y para su mal- en completa soledad. La densa red de variopintos seguidores kirchneristas, una trama de círculos concéntricos urdida por el paciente, resuelto e irremplazable trabajo de su marido, empezará a tallar con diferentes reclamos, ambiciones y propuestas a la hora de las difíciles opciones a enfrentar.

Entre los muchos “detalles” a resolver hay uno sobre el que no habría que perder pisada. Es probable que el mejor candidato electoral que salga de estos enjuagues –por imagen, aceptación de los votantes, etc.- no sea necesariamente el que tenga el ancho de espaldas suficiente para ocupar el lugar vacío del Jefe. Por lo cual el movimiento volvería a tener –afortunadamente con muchos menos aires de tragedia- un candidato al gobierno que, se sabe de antemano, no es el que manejará el poder.

En cualquier caso, de la manera más o menos civilizada en que se resuelvan los pormenores sucesorios al interior del peronismo, mucho dependerá la gobernabilidad democrática del país en los inciertos tiempos por venir.

Berlín, Octubre 27 de 2010.

MATRIMONIOS Y ALGO MÁS

lunes, 9 de agosto de 2010
Antonio Camou

En la Argentina de los años sesenta y principios de los setenta el lenguaje en torno a la sexualidad que hablaban las jóvenes generaciones se codificaba en términos de “liberación” e inconformismo, pero llevaba en el orillo la marca de una heterosexualidad normalizada, y en muchos casos, un indisimulable sesgo machista. Los grupos feministas y las minorías sexuales transitaban por la marginalidad, y todas las fuerzas políticas –que ignoraban olímpicamente la cuestión- reproducían sin chistar la división heredada entre el mundo público y el privado, donde la vindicación sexual o la violencia doméstica quedaban estrictamente confinadas. Incluso existían poderosos canales simbólicos de comunicación entre sectores de izquierda y de derecha, quienes podían entonar a dúo “no somos putos / no somos faloperos”, aunque después cantaran canciones distintas y se enrolaran como soldados de mortales causas adversas.

La recuperación democrática traerá primero suaves vientos de cambio, pero lentamente irá configurando un nuevo marco interpretativo desde el cual redefinir la articulación entre ciudadanía, política, relaciones sexuales y derechos. Por esos años, y en el contexto de un cambio a escala global, las cuestiones sexuales comenzarán a ser habladas tanto desde la semántica de los derechos humanos como desde el paradigma de la salud (reproducción, SIDA, etc.), y más allá de sus puntos de convergencia o de tensión, esos nuevos modos de hablar y de pensar son los que nos han traído hasta aquí.

En ese derrotero de transformaciones un hito clave fue escrito hace casi un cuarto de siglo, en junio de 1987, cuando el gobierno de Raúl Alfonsín logró sancionar la Ley de Divorcio. Entonces, como ahora con el proyecto de matrimonio igualitario, se esgrimieron argumentos apocalípticos en su contra, pero la sociedad argentina no se autodestruyó después de poner en práctica aquella norma.

En la actualidad, y más allá de las intemperancias exhibidas por algunos grupos, o las pretensiones de utilización política de la cuestión, vale destacar un signo de madurez democrática y republicana en vastos sectores de nuestra sociedad. Como afirmamos hace unos días quienes integramos el Club Político Argentino: “La ampliación del derecho al matrimonio a personas del mismo sexo es el resultado de la movilización, no sólo de los sectores directamente involucrados, sino también de numerosos ciudadanos y ciudadanas sensibles a la situación de injusticia y discriminación que representaba el cuadro legal preexistente. Esto es especialmente significativo porque tiene por base una convicción democrática y republicana: en una comunidad política nadie es plenamente libre mientras haya conciudadanos discriminados, y nadie disfruta de modo enteramente justo de sus derechos mientras existan minorías imposibilitadas de hacerlo”.

La Plata, 16 de julio de 2010. Publicado en el Diario DIAGONALES (La Plata), domingo 18 de julio de 2010.
LOS INTERESADOS/AS EN LEER LAS ENTRADAS DE ESTE BLOG CORRESPONDIENTES AL PERÍODO JULIO 2009 - JULIO 2010 PUEDEN HACERLO DIRECTAMENTE EN LA SECCIÓN DE ARTÍCULOS DE OPINIÓN DE LA PÁGINA PRINCIPAL: www.antoniocamou.com.ar ALLÍ LOS ENCONTRARÁN EN ORDEN CRONOLÓGICO DESCENDENTE.

EL LABORATORIO FECUNDO

martes, 25 de agosto de 2009

La Plata será, pues, el laboratorio fecundo de experiencias…
Joaquín V. González, La Universidad Nacional de La Plata. Memoria sobre su fundación, Sección Primera (1905)

El domingo 12 de julio falleció en Buenos Aires nuestro querido amigo y colega Pedro Krotsch. Cercado desde hacía tiempo por una impiadosa enfermedad se fue a los 67 años, pero como dicen los hermanos mexicanos “le hizo la lucha” hasta el final, enfrentando esa batalla con valentía y presencia de ánimo, con humor e ironía, con esa sonrisa bien plantada de los que saben que los partidos hay que jugarlos hasta el último minuto.

Mientras tanto, continuó atendiendo sus obligaciones de gestión con la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), y mantuvo a flote sus compromisos académicos con la Universidad de Buenos Aires (UBA), y con nuestra universidad, donde se desempeñaba como profesor e investigador del Departamento de Sociología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, y como miembro del Comité Científico de la Especialización en Docencia Universitaria.

Dueño de una vasta y reconocida trayectoria en el campo sociológico, tanto en la Argentina como en el extranjero, Pedro será especialmente estimado por las jóvenes generaciones como un auténtico maestro, cálido y generoso, afable e ilustrado, apasionado e inspirador, en la guía de estudiantes y graduados por la senda de un pensamiento crítico y plural; será también recordado como un decidido impulsor de diversas iniciativas institucionales para el desarrollo de las ciencias sociales en el país; y será largamente leído por sus múltiples y valiosos aportes intelectuales a la sociología de la educación y a los estudios de educación superior, de los que fue un verdadero pionero en nuestro medio. Sin contar los numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales, su participación en congresos o contribuciones en variados volúmenes, entre sus libros podemos mencionar Universidad y evaluación. Estado del debate (1994), Educación superior y reformas comparadas (2001), La Universidad Cautiva. Legados, marcas y horizontes (2002), Las Miradas de la Universidad (2003), Evaluando la evaluación: políticas universitarias, instituciones y actores en Argentina y América Latina (2007), y el más reciente, De la proliferación de títulos y el desarrollo disciplinario en las universidades argentinas (2008).

Pedro amaba y sufría al país, y a la Universidad de Buenos Aires, como solamente se puede sufrir por las cosas que se quieren tanto, pero desde hacía ya bastante tiempo había construido con la Universidad Nacional de La Plata un vínculo afectivo y académico especial. Desde la última parte de los años noventa comenzó a impartir regularmente en el joven Departamento de Sociología un Seminario-Taller sobre la problemática universitaria, dirigió tesinas de licenciatura, becarios y tesistas de postgrado, lideró varios proyectos de investigación referidos a la problemática de las políticas de evaluación en el ámbito universitario, publicó varios libros, y coordinó jornadas, seminarios y coloquios, con invitados nacionales y extranjeros.

En 1999 radicó en el Departamento un proyecto de investigación sobre las relaciones entre el Estado y la universidad que terminó siendo un verdadero programa, y en torno al cual se conformó un grupo de profesores-investigadores, graduados y estudiantes con diferente formación disciplinar, y de distintas pertenencias institucionales, pero con preocupaciones comunes: estudiar la universidad como actor y como institución compleja, como sujeto de cambios y objeto de políticas, como problema de investigación y como espacio de producción crítica de saberes y visiones. Ese programa fue una manera de entablar un diálogo crítico con todos los actores del campo universitario, bajo el supuesto de que sólo a partir de la construcción colectiva de una nueva visión sobre la universidad sería posible su transformación.

Haciendo una cuenta rápida, Pedro debía conocer todas y cada una de las universidades del país. Allí lo llevaban sus habituales peregrinajes como docente de postgrado, sus curiosidades de investigador o alguna tarea puntual de asesoría. En todos lados juntaba amigos, inspiraba investigaciones, despertaba curiosidades o entusiasmaba tesistas; en muchas de esas instituciones, además, supervisaba algún grupo de trabajo o desarrollaba actividades con cierta regularidad: de San Luis a la Patagonia Austral, de Litoral a Quilmes, de Comahue a Tandil, de Córdoba a Mar del Plata, de Tucumán a Lanús. Pero en el caso particular de La Plata, además de su compromiso académico, se sentía especialmente atraído por recuperar algo de su espíritu fundacional, y volvía una y otra vez al pensamiento de Joaquín V. González. Por ese derrotero, estimuló a varios contingentes de alumnos y alumnas a investigar en detalle la historia institucional y científica de una universidad que se había pensado diferente desde su origen. Como decía la Memoria sobre su Fundación:

“Tampoco creo que haya en el país mucho ambiente ni espacio bastante para una tercera universidad del tipo de las clásicas de Buenos Aires y Córdoba; pero precisamente, en esa convicción, pienso que una tercera Universidad de tipo moderno y experimental, que se aparte de aquellas por su organización, diferente carácter y métodos de sus estudios, sistema de gobierno interior y direcciones especiales y prácticas de sus diversas secciones, no sólo tendría cabida fácil, sino que respondería a una necesidad evidente de todas las clases sociales de la Nación, y en particular, de las que miran más a la prosperidad general, bajo su faz científica y económica”.

Esa lejana impronta científica, experimental, innovadora, comprensiblemente despertaba en Pedro jirones de recuerdos de lo que tal vez había sido la universidad argentina de los años sesenta, en la que él se había formado; y quizá también encendía destellos de sentido en favor de cierto concepto de universidad humboldtiana -ya como categoría histórica, ya como ideal regulativo-, sobre la cual su pensamiento merodeaba con frecuencia. Tal vez por esas inspiradoras resonancias Pedro decidió que uno de sus libros más queridos, La Universidad Cautiva, tuviera la siguiente dedicatoria: “a la Universidad Nacional de La Plata, cuya historia estimuló nuestras reflexiones”; y luego anotó en su Prólogo, escrito en medio de la crisis de 2001:

La Universidad Nacional de La Plata es sin duda un espacio promisorio para la investigación. Ha sido la primera universidad pensada en torno a un perfil científico en un momento en que la denominada “universidad de los abogados” constituía el modelo hegemónico… No cabe duda de que en ella permanece, bajo la forma de un mito y también de una saga, la idea de una misión que permita forjar la universidad nueva. Esperamos poder contribuir de alguna manera a la realización de este ideal, aún en tiempos en los que la desesperanza y el desasosiego impiden muchas veces extender la mirada y forjar horizontes.

Pedro se ha ido, pero no nos ha dejado solos. Nos queda su querido recuerdo, su ejemplo, sus preguntas, sus búsquedas; nos aguarda un legado que debemos asumir y continuar en plural, colectiva, críticamente; nos espera también una obra que habrá que organizar y difundir, que estudiar y discutir. Pero por sobre todas las cosas, nos deja el exigente testimonio de mantener en alto las banderas de un insobornable compromiso ético, intelectual e institucional.

No será un trabajo fácil. Pero lo haremos como a él le hubiera gustado que lo hiciéramos, y que lo recordáramos. Con alegría.

La Plata, 16 de julio de 2009. Estas líneas pertenecen a un texto mayor que próximamente será publicado en nuestra página.

FAMA

miércoles, 29 de julio de 2009
Alguna vez John Winston Lennon escandalizó a propios y extraños al decir que los Beatles “eran más famosos que Jesucristo”. Pese al revuelo que se armó, y que obligó al muchacho de Liverpool a pedir disculpas a medio mundo, hoy sabemos que Lennon, en esencia, estaba en lo cierto.

El recuerdo viene a cuento porque rastreando la letra de una canción en Internet se me ocurrió buscar en Google a “Michael Jackson”. Todavía me dura el asombro. Puesto en cifras gruesas y sin filtrar detalles, la computadora marcó en esta fría tarde de invierno 240.000.000 de registros en 0,13 segundos. Repito: doscientos cuarenta millones. En realidad son muchísimos más, porque este planeta está habitado, entre otras especies, por incontables seres humanos repletos de buenas intenciones pero con limitada gramaticalidad, entonces lo homenajean al autor de “Heal the World” bajo diferentes y muy disonantes advocaciones. Por ejemplo, algunos lo veneran como “Michael Jakson” (678.000 registros), otros lo mencionan como “Michael Jacson” (204.000), para no hablar de las 33.000 entradas que lo toman como suena y le dicen “Maichael Jackson”, o que derrapan con algunas letras y lo conocen como "Maichel Jakson" (6.950), "Michael Yakson" (2.510) o "Michael Yacson" (1.810), y tampoco faltan unos pocos que lo siguen bajo el nombre de “Maichael Jakson” (419), e incluso hay quienes lo consideran “Maichael Jacson” (315). En fin, en este incompleto recorrido (me faltaron casi todas las páginas de China, no verifiqué ninguna mención en cirílico, tampoco busqué nada en Zulú, y apenas si sobrevolé de pasada un blog checo) la cuenta me da: 240.927.004 entradas. Me cuesta imaginar a alguien más famoso en este momento.

Para tener una idea de las galácticas diferencias que separan al inventor de la caminata lunar del resto de los mortales van algunas odiosas comparaciones de muestra. Por ejemplo, Barack Obama anda por las 82.700.000 entradas y la reina consorte del pop, Madonna, casi me dio lástima: 33.000.000 de registros; en cambio Britney Spears no está nada mal: 85.200.000 referencias. Lo de Madonna hay que considerarlo un mérito porque en Internet el talento musical no está pagando mucho. Frank Sinatra se anota con 10.400.000 entradas y la diáfana voz de Babra Streisand a duras penas junta 3.300.000 registros. Para que la injusticia sea completa baste señalar que Julio Iglesias, con 3.580.000 menciones, la borró del mapa a Naná Mouskouri con 1.000.000 de entradas. Al morboso lector hay que aclararle que la trágica muerte tampoco asegura nada. Cierto que Elvis Presley brilla con 16.400.000 referencias, pero Kurt Cobain (3.870.000) o Jim Morrison (2.360.000) andan a la cola.

Por supuesto que Hollywood siempre tiene lo suyo, pero nadie vuela tan alto como el prodigioso Michael. Hay que mover mucho el avispero para alcanzar las entradas de Angelina Jolie (37.800.000) o las del carilindo Brad Pitt (24.900.000). En cambio la desdichada Jennifer Aniston, que ha sufrido tanto, encima padece una cierta anemia de registros: 17.700.000. Claro que con esos números igual le pasa el trapo a otros que la vienen remando desde hace mucho tiempo en cartelera. Por ejemplo, la flaca Julia Roberts marca 7.550.000 y ni hablar lo que ha tenido que revolcarse Harrison Ford, en la piel de Indiana Jones, para acumular 4.620.000 referencias. Bastante más atrás aparecen Dustin Hoffman (2.450.000) o el que danzaba con lobos, Kevin Costner, con 2.380.000 menciones.

El deporte globalizado me dejó un sabor agridulce. De movida, comprobé que no hay con qué darle a Tiger Woods, con 28.500.000 registros, y que el bueno de Roger Federer -con 15.600.000 menciones- lo dejó con las ganas al mallorquín Rafael Nadal (7.550.000). Pero se me vino el alma al piso cuando descubrí que un tal Pelé, con 21.000.000 de entradas, le sacaba varios cuerpos de ventaja al mejor de todos los tiempos: Diego Armando Maradona, con escasas 10.800.000 menciones. Por suerte la pulga Messi llegó justo para poner al goleador del Santos en su justo lugar; con 23.500.000 registros el pequeño astro del Barcelona salvó sobre la línea el honor nacional y lo dejó al brasilero segundo cómodo.

Hablando de orgullo vernáculo, un censo heterogéneo mezcla confirmaciones con sorpresas. Evita puntea con 19.800.000 registros, pero Borges le pisa los talones con 19.000.000, bastante por delante del Che Guevara (6.790.000), el General Perón (2.720.000), Carlitos Gardel (2.220.000) o Julio Cortázar (1.860.000). Para que no se agranden los chacarita hay que tener en cuenta que los famosos de entre casa no mojan en la aldea global: Marcelo Tinelli (391.000), Mirtha Legrand (352.000) o Adrián Suar (184.000) ni mueven el amperímetro.

En fin, ya se sabe que la web mezcla la Biblia y el calefón. Será por eso que Lennon tenía razón nomás: el pobre Jesucristo, con 5.000.000 de registros, está muy por debajo de los Beatles con 51.500.000 entradas. El problema es que también anda bien lejos de Hitler (38.000.000) o de Stalin (14.500.000).

Pero no todo está perdido en el universo cibernético. La búsqueda de “Dios” a muchos les ha devuelto la fe, y a otros, 75.600.000 referencias.

La Plata, 27 de julio de 2009.

PROFUNDIZAR LA GOBERNABILIDAD

lunes, 6 de julio de 2009
En la madrugada de la contundente derrota electoral, Néstor Kirchner señaló que la tarea de la hora era “profundizar la gobernabilidad”. Si bien un día después la presidenta se deshizo en elogios no correspondidos hacia la propuesta de “Pino” Solanas, y miró con grandes ojos avariciosos su buena cuota de diputados, se espera que la orientación efectiva del gobierno camine por senderos menos resbaladizos. Esto es, en vez de avanzar hacia el precipicio abrazados al lema “profundizar totalmente el modelo sin preocuparnos por la gobernabilidad”, sería mejor que la consigna del momento fuese algo así como “profundizar la gobernabilidad pero sin abandonar totalmente el modelo”.

La buena noticia de la semana es que la estructura de incentivos políticos alienta alguna esperanza de conformar un escenario medianamente razonable. En este sentido, podríamos decir que hay una zona de equilibrio de intereses convergentes que propicia el logro de acuerdos, aunque todavía no haya puntos claros de coincidencia. De un lado, la pareja gobernante no está dispuesta a dejar el poder, y del otro, a las diferentes oposiciones (peronismo disidente y sobre todo al pan-radicalismo) no les conviene ocuparlo. Y si bien por el momento ambos se rechazan, las dos partes de la ecuación política se necesitan para transitar el largo y escabroso camino que nos separa del 2011. En el caso del gobierno, razonablemente pretende seguir adelante pero no a cualquier precio, es decir, aceptando cualquier tipo de imposición de nombres o de políticas; en el caso de las oposiciones, requieren tiempo para organizarse, y lo que menos querrían en lo inmediato sería hacerse cargo del poder improvisadamente para efectuar el trabajo sucio de un inevitable ajuste.

Es claro que no los une el amor sino el espanto, pero un poco de unión siempre fue algo más que nada. De este modo, el gobierno requerirá apoyos en el Congreso para enfrentar un escenario socioeconómico complicado, pero la oposición necesitará que el oficialismo navegue por esta crisis sin encallar. Sería suicida para el peronismo disidente o para el “Acuerdo Cívico y Social” dinamitar la nave gubernamental, y un abrupto abandono del Ejecutivo por parte de los Kirchner sería un excelente pasaporte para ellos, y para buena parte de sus más encumbrados funcionarios, hacia un interminable desfile por los tribunales de Comodoro Py.

Ahora bien, no hay gobernabilidad sin consensos básicos entre los actores estratégicos de la sociedad: tanto de los actores político-institucionales -el Congreso, los gobernadores, los partidos y el Ejecutivo Nacional-, como de algunos actores sociales: empresarios, sindicalistas, organizaciones sociales, etc. Esos acuerdos pueden parecer hoy de difícil elaboración pero no hace mucho tiempo enfrentamos un escenario semejante, y como lo han destacado algunos analistas en estos días, la memoria de lo acontecido puede resultar aleccionadora.

En los primeros meses del 2002 el país marchaba a la deriva. Fue entonces cuando el gobierno de Duhalde logró conjugar un esquema básico de poder para encauzar la crisis. En ese esquema fueron fundamentales la convocatoria a un amplio diálogo entre actores políticos, empresariales y de la sociedad civil; la implementación de un programa social de cobertura universal; y la designación de un ministro con probada solvencia técnica, autonomía de gestión y capacidad para generar confianza en los agentes económicos internos y externos. Pero esa trama de decisiones tuvo como marco el virtual pacto de gobernabilidad que el entonces presidente interino firmó el 24 de abril de 2002 con la mayoría de los gobernadores (no lo firmaron San Luis, la Ciudad de Buenos Aires y... Santa Cruz). El texto, bautizado como el documento de los “Catorce Puntos”, no constituyó ningún parteaguas en la historia del pensamiento político occidental, pero sirvió para fijar límites y definir orientaciones políticas clave. Aunque su contenido luce hoy desactualizado en varios rubros, y en otros testimonia el éxito de ciertos eficaces lobbistas, quizá recordar su contenido puede tener todavía alguna función inspiradora. Decía así:

Respetar los acuerdos internacionales de la Nación y reafirmar la vocación de integrar la Argentina al resto del mundo. 2) Firmar en un plazo no mayor de 15 días los acuerdos bilaterales con las provincias, dando cumplimiento al Pacto Fiscal suscripto oportunamente. 3) Elevar al Congreso de la Nación, en un plazo no mayor de 90 días, el proyecto de ley consensuado de un nuevo sistema de coparticipación federal de impuestos. 4) Propiciar las políticas fiscales y monetarias que mantengan la disciplina y los equilibrios necesarios que eviten la suba descontrolada de precios y la inestabilidad cambiaria. 5) Garantizar a los ahorristas, a través de instrumentos legislativos adecuados, la previsibilidad necesaria sobre el destino de sus fondos asegurando su liquidez. 6) Garantizar las acciones que restablezcan en forma inmediata un sistema financiero sólido y confiable. 7) Instrumentar un nuevo acuerdo de responsabilidad fiscal para la administración nacional, provincial y municipal que asegure su cumplimiento mediante un sistema explícito de premios y castigos. 8) Propiciar una reforma impositiva integral moderna y simplificada que aliente y estimule la inversión de capitales e impida la evasión, la elusión y el contrabando. 9) Propiciar la inmediata sanción de la ley de Quiebras. 10) Propiciar la inmediata derogación de la ley de Subversión Económica. 11) Propiciar la repatriación de capitales argentinos destinados principalmente a proyectos productivos con demanda de mano de obra intensiva. 12) Alentar las inversiones nacionales y extranjeras dedicadas a la exportación de productos manufacturados o a la sustitución eficiente de importaciones. 13) Asegurar el cumplimiento efectivo de la reforma política acordada, asegurando la reducción de gastos políticos y burocráticos innecesarios y la modernización de las formas de selección electoral. 14) Asegurar un mecanismo de asignación de planes de empleo convirtiéndolos en empleos efectivos a través del sector productivo.

A la vista de dónde venimos, y por dónde estamos, el futuro no parece tan oscuramente malo; lo único que nos anda faltando son los catorce puntos, una extendida disposición al diálogo y la decidida voluntad de acordar...

La Plata, 5 de julio de 2009.

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