MI ENCUENTRO CON GABO

lunes, 21 de abril de 2014
Por Antonio Camou

“El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata”. 

A través de estas líneas me encontré con Gabo por primera vez en mi vida, allá lejos y hace tiempo, un día de verano adolescente en Necochea. Había comprado en la vieja librería El Arca, apenas sobreviviente de un incendio voraz, un ejemplar medio chamuscado de El Coronel no tiene quien le escriba, y lo fui leyendo por la calle de regreso a casa. 

Después vendrían, por supuesto, los silbos anaranjados y los globos invisibles que lo esperan a uno del otro lado de la muerte, las tres carabelas otoñales fondeadas en el mar tenebroso, o el olor de las almendras amargas que nos recuerdan siempre el destino de los amores contrariados. Pero por obra y gracia de algún cálido misterio aquella escena de un anciano carcomido por la pobreza, raspando el fondo de un tarro de café, esperando sin término una carta que no llega, se quedó anclada en mi memoria. 

Volví a recordar esa imagen muchos años después, frente a un pelotón de jóvenes dispuesto a fusilarlo con pedidos de autógrafos y saludos, cuando el autor de La hojarasca se me apareció en vivo y en directo en la ciudad de México. Yo estaba haciendo estudios de posgrado por esos rumbos y en el invierno de 1992 se organizó en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) un Coloquio con lo más graneado del pensamiento progresista local e internacional. El escritor colombiano era invitado de honor y ocupaba una butaca en el aula magna que las autoridades llaman “Justo Sierra”, y que los alumnos rebautizaron sin permiso de nadie, en una jornada incendiaria de 1968, como “Auditorio Che Guevara”. No cabía un alfiler y al fondo del salón nos abarrotábamos -de parado y atrás de una baranda- una fauna variopinta de estudiantes universitarios con carnet, militancia bullanguera y curiosos de toda laya. 

En algún momento alguien divisó a García Márquez en la platea y todos empezamos a gritarle: “Grande Gabo”, “No te mueras nunca”, “Genio”, “Un autógrafo, un autógrafo”, “Órale (dale) Gabito”. Ante el insistente reclamo popular se puso de pie y nos dedicó un saludo fraterno y una sonrisa contagiosa. Lo recuerdo de mediana estatura, dueño de un corpachón recio, macizo, con el pelo entrecano y el bigote prolijo. Pero lo que más me llamó la atención fue el saco (sin la compañía de rigurosa corbata), formado por enormes cuadros blancos y negros sobre el que se podía jugar un partido de ajedrez desde las nubes. Como el griterío seguía y el acto académico –para el solemne protocolo mexicano- amenazaba con no arrancar, el agasajado se salió de su fila, se acercó unos metros hacia nosotros y prometió con un gesto regresar al final de la presentación, para satisfacer nuestro justo petitorio de obtener su codiciada rúbrica de puño y letra. 

Lo único que yo llevaba encima era una libreta de apuntes y el tratado de estadística de Manuel García Ferrando, que era mi condena personal a varios meses de soledad, pero no me desanimé y esperé a que terminara la conferencia. En ese lapso nadie tuvo en cuenta que los guardias de la universidad habían determinado que los invitados especiales salieran por una puerta lateral, cercana al escenario, a efectos de separar la paja del trigo, y así fue que comenzaron a sacarlos obligadamente de la sala, casi en vilo. Entre la chusma vocinglera hubo un instante de indecisión, seguido de un alboroto de demandas y fastidio: algunos empezaron a saltar la baranda con el vano objetivo de capturar al escritor desde la retaguardia, otros languidecieron en su decepción y se quedaron clavados en sus puestos masticando el fracaso, yo confié en mis buenas piernas y salí disparado hacia la puerta trasera a fin de rodear el edificio de Filosofía y Letras. Por el pasillo corría una marabunta de estudiantes dispuestos a ganarse un autógrafo a brazo partido. En el forcejeo por llegar primero el libro de estadística voló por los aires y tuve que ir a rescatarlo entre una jungla de piernas, donde se mezclaban morrales y huaraches, vaqueros y minifaldas, zapatillas y borceguíes. Cuando levanté la cabeza por sobre el amasijo de gente no había ni un rastro del saco ajedrezado que era el faro mental que guiaba mi carrera. Con resignación alcancé a ver una larga hilera de autos oficiales saliendo raudos por las calles interiores del campus universitario en dirección a la Avenida Insurgentes. 

No volví a encontrarme con Gabo y hoy me entero que ya no nos veremos nunca. Pese a que circulé varios años por el Paseo del Pedregal camino al cerro del Ajusco, muy cerca de su casa, yendo diariamente a la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), en ninguna otra ocasión me crucé con él. Luego hasta me enojé un poco cuando nuestras miradas sobre la vida política cubana comenzaron a bifurcarse. Pero más allá de las opiniones divergentes seguimos unidos por infinitas horas de emociones añejas e inolvidables. 

Con el tiempo dejé de leerlo y casi había echado al olvido mi infructuoso intento de conseguir su firma. Pero en cambio jamás me abandonó aquella remota imagen, escrita en una prosa seca, descarnada, sin floridos arabescos, de mi primer encuentro con Gabo. Con cíclica porfía vuelvo a recordarla de tanto en tanto, cada vez que raspo el fondo del frasco para extraer los últimos granitos de café. 

La Plata, 17 de abril de 2014 

Publicado en el diario Río Negro, edición del domingo 20 de abril de 2014.

REJUNTE

miércoles, 17 de julio de 2013


Por Antonio Camou

"Cuando uno es diputado o senador acompaña un proyecto de país. No es simplemente un rejunte de gente para ganar una elección", dijo la presidenta desde Entre Ríos, en lo que fue su primer discurso después del cierre de listas para las elecciones legislativas de octubre. Y agregó para rematar: "La elección es un día, pero se gobierna los 365 días del año".

Una vez más, la Sra. Presidenta nos entregó una disertación de hondo contenido político centrada en una categoría científica medular para comprender algo del pasado, casi todo el presente y buena parte de nuestro inmediato futuro:  la noción de “rejunte”.

Como el problema es arduo dejaré de lado el debate técnico con la bibliografía especializada (no haré distingos, por caso, entre “rejunte”, “ensalada”, “mescolanza” o “bolsa de gatos”), para focalizarme en tres cuestiones que vale la pena destacar.

El primer punto nos recuerda que el kirchnerismo percibió como nadie que el correlato de la extrema fragmentación del campo político dejado por la crisis del 2001 era la necesidad de (re)juntar los pedazos de lo que pudiera -y quisiera- reunirse bajo su mando, con algún vago perfume a novedad.

Tras el desfonde del tejido representativo, Kirchner comprendió también que la única estructura que quedaba en pie para acumular dinero y poder, y desde allí negociar y/o someter a corporaciones, sindicatos o movimientos era la desvencijada estructura estatal. Por lo tanto, el intríngulis central era ganar la elección, y después armar desde el gobierno una coalición amplia que hiciera gobernable el país. Desde entonces la mescolanza oficialista (de Gildo Insfrán a Ricardo Forster, de Mario Ischii a Andrea del Boca, de Luis D’Elía a Lázaro Báez, de Cristóbal López a Horacio Verbitsky, de Ramón Saadi a Hebe de Bonafini), ha tenido la fortuna y la virtú maquiaveliana para sobrevivir una década.

Así las cosas, puesto que el kirchnerismo es un gran rejunte, parece que sólo podrá ser derrotado en los próximos turnos electorales por otro extenso rejunte, aunque más a tono con los nuevos vientos que ya han empezado a soplar desde la sociedad civil (¿Será más republicano en lo político? ¿Más diverso en lo cultural? ¿Más sensato en lo económico? ¿Menos cínico en lo social?) Después se verá si la ensalada funciona pasado el desafío de las urnas. Como bien dice la primera mandataria, ya veremos si es capaz de gobernar “los 365 días del año". Pero éste es un problema interesantísimo (en el sentido chino de la maldición) que inevitablemente tendremos más adelante.

Nótese de paso que rejunte y consistencia se necesitan en cualquier dialéctica virtuosa: las bolsas de gatos que funcionan en el poder son aquellas donde alguna fracción es capaz de elaborar una conducción medianamente coherente. Un tal Juan Domingo Perón predicó con la palabra y el ejemplo (los hubo buenos, malos y de los otros) sobre la táctica y la estrategia en los rejuntes; después Menem o Kirchner nos mostrarían su virtuosismo de intérpretes.

Adviértase también que las listas de candidatos presentadas por el oficialismo testimonian algo más que la cerrazón con las que el kirchneriato piensa el ejercicio vertical, solitario y excluyente del poder; se trata de la confesión palmaria de sus postreras orfandades, de su bajísimo atractivo actual para rejuntarse: ¿Hacia dónde podría expandirse una configuración política que ya dilapidó su capital de confianza y que se esmera día a día en agotar sus perspectivas de futuro?

La segunda cuestión es una novedad de estas últimas jornadas: en los principales distritos electorales del país el oficialismo fue un convidado de piedra, o en el mejor de los casos un actor de reparto, en una obra cuyos protagonistas empiezan a ser otros. Por eso buena parte de la atención mediática y ciudadana se concentró en escudriñar qué hacían las fuerzas opositoras, desde la inteligente propuesta de los sectores progresistas para dirimir sus diferencias en las primarias de agosto, hasta las enrevesadas negociaciones de quintas de fin de semana entre De Narváez, Macri, De la Sota, Massa, Lavagna o Scioli.

Según se sabe, la capacidad para captar la atención es una parte vital de la iniciativa política, y el oficialismo percibe que está comenzando a perder ese empuje a manos de ambiciosas astillas de su mismo palo.

El último punto se detiene a considerar un revelador desliz. Desconozco cuáles son los sueños que deleitan o las pesadillas que abruman a la Sra. Presidenta, pero tengo para mí que cuando se enfurece muestra las hilachas de su inconsciente político. Le aflora ese residuo que resiste la simbolización, esa mancha de irracionalidad traumática que la persigue como una sombra terca.

En Entre Ríos, una presidenta molesta y ya en campaña pudo decir: “se trata de un rejunte para poner palos en la rueda, para no dejarnos gobernar, para defender a las corporaciones, para volver a los ’90, etc.”. Pero de sus labios escapó una verdad mucho más cruel: se trata de “un rejunte de gente para ganar una elección". Lo dijo con todas las letras: “para ganar”. Y al decirlo empezó a ponerle palabras al perfil crepuscular de su infierno tan temido, ese lugar fatídico donde suceden las derrotas y el poder se escurre entre las manos.  

De aquí a octubre, el purgatorio electoral definirá a sus agraciados y a sus réprobos. Nadie tiene el boleto cortado y las vueltas de la fortuna o las derivas de la virtú pueden dejar de a pie al gaucho más advertido. Pero de aquí a la eternidad que nos separa del 2015, y más allá de nuestro voto de convicción, habrá que hacerse a la poco feliz idea de que las fuerzas políticas con capacidad de movilizar recursos electorales significativos, y de apoyarse luego en una coalición que garantice mínimos niveles de gobernabilidad, parece que tendrá los tonos de un mejunje variopinto.

Encaramada al alto faro político e intelectual desde el que tiene por costumbre mirar a los simples mortales, la Sra. Presidenta ha empezado a vislumbrar un horizonte perturbador: a lo lejos ve asomarse el rejunte del poskirchnerismo.   

La Plata, 28 de junio de 2013.

Publicado en la página del Club Político Argentino: http://www.clubpoliticoargentino.org/ . Reproducido por el Diario de Río Negro, 1/07/2013. Disponible en: http://www.rionegro.com.ar/diario/rejunte-1196906-9539-nota.aspx

ENLACES Y SENSACIONES (el día después del 8N)

domingo, 18 de noviembre de 2012



Por Antonio Camou

…cuando tenemos una sociedad altamente institucionalizada, las lógicas equivalenciales tienen menos terreno para operar y, como resultado, la retórica populista se convierte en una mercancía carente de toda profundidad hegemónica. En ese caso, sí, el populismo se vuelve casi sinónimo de demagogia trivial.

Ernesto Laclau, La razón populista (2005), VII, p. 238. 


Ayer decidí suspender mi entretenida lectura de la obra de Ernesto Laclau para asistir a la marcha del 8N en la ciudad de La Plata.

A esta altura del partido casi no es necesario presentar a uno de los intelectuales argentinos más reconocidos en el mundo, pero no está de más trazar un mínimo perfil. Graduado inicialmente en historia por la Universidad de Buenos Aires, promediando los años ‘60 fue invitado por el mismísimo Eric Hobsbawm para realizar sus estudios de postgrado en Inglaterra. Las escasas perspectivas ofrecidas por el onganiato le entregaron inicialmente un motivo adicional para partir, y las convulsiones políticas posteriores le agregaron un argumento convincente para prolongar su estancia lejos del terruño; de a poco,  el tiempo se fue estirando como un chicle, y terminó por construir una vida y una exitosa carrera académica del otro lado del Atlántico. Tanto por sus valiosas contribuciones analíticas como por su posición en renombradas universidades del primer mundo, Laclau ha entablado enriquecedores intercambios polémicos con las más rutilantes estrellas del pensamiento contestatario globalizado. En esos debates ha ido tejiendo una original e intrincada red conceptual para el estudio de la política contemporánea, que integra distintas líneas de pensamiento, entre las que cabe destacar el marxismo de orientación gramsciana, el psicoanálisis lacaniano y los estudios sobre el lenguaje, desde la filosofía de Wittgenstein hasta el análisis del discurso de inspiración francesa. Seguramente por esa refinada y compleja articulación teórica ha resultado tan atractivo a los ojos del kirchnerismo.

Aunque la obra de Laclau no se deja resumir fácilmente, algunas de las ilustraciones con las que matiza su sofisticado discurso son fáciles de captar. De hecho, creo que  pueden ofrecer alguna guía para pensar la política después de la masiva manifestación del 8 N. Tomo el siguiente ejemplo del capítulo IV del libro que más ha encendido la imaginación del oficialismo, La Razón Populista (2005). Allí sostiene Laclau:

Pensemos en una gran masa de migrantes agrarios que se ha establecido en las villas miseria ubicadas en las afueras de una ciudad industrial en desarrollo. Surgen problemas de vivienda, y el grupo de personas afectadas pide a las autoridades locales algún tipo de solución. Aquí tenemos una demanda que, inicialmente tal vez sea sólo una petición. Si la demanda es satisfecha, allí termina el problema; pero si no lo es, la gente puede comenzar a percibir que los vecinos tienen otras demandas igualmente insatisfechas –problemas de agua, salud, educación, etcétera-. Si la situación permanece igual por un determinado tiempo, habrá una acumulación de demandas insatisfechas y una creciente incapacidad del sistema institucional para absorberlas de un modo diferencial (cada una de manera separada de las otras) y esto establece entre ellas una relación equivalencial. El resultado fácilmente podría ser, si no es interrumpido por factores externos, el surgimiento de un abismo cada vez mayor que separe el sistema institucional de la población. Aquí tendríamos, por lo tanto, la formación de una frontera interna, de una dicotomización del espectro político local a través del surgimiento de una cadena equivalencial de demandas insatisfechas. Las peticiones se van convirtiendo en reclamos. A una demanda que, satisfecha o no, permanece aislada, la denominaremos demanda democrática. A la pluralidad de demandas que, a través de su articulación equivalencial, constituyen una subjetividad social más amplia, las denominaremos demandas populares: comienzan así, en un nivel muy incipiente, a constituir al “pueblo” como actor histórico potencial.

Ante todo, los improbables lectores de estas líneas no deberían desalentarse si algunas palabras no las encuentran en el diccionario, o en ningún otro lado, ya que así se estila escribir en ciertas zonas de las ciencias sociales. Pero si se piensa, por caso, en lo que en su momento fue la Comisión de Enlace, quizá las cosas empiecen a aclararse un poco. Después de todo, la historia comenzó con una serie de reiteradas “demandas” de distintos sectores agropecuarios que el kirchnerismo fue pasmosamente incapaz de absorber “diferencialmente”, y que luego fueron conformando una “cadena equivalencial” de mínimos denominadores comunes para avanzar, de manera concertada, en la conformación de un nuevo colectivo, “el campo”, de gran potencia simbólica, material y organizativa. La clave de bóveda del proceso fue la capacidad de la dirigencia de las distintas organizaciones para posponer sus diferencias de largo plazo en pos de “enlazar” sus voluntades en torno a metas de corto y mediano término.

Claro que el ejemplo también tiene patas cortas: mientras antes se trató de un reclamo “sectorial” ahora el desafío es el de avanzar en construcciones “políticas”, capaces de ir conformando una alternativa superadora al oficialismo. La existencia de múltiples demandas populares (seguridad, inflación, calidad institucional, libertad de expresión, respeto a la justicia, etc.), que no son atendidas por el gobierno, permiten pensar en una cierta “transversalización” de contenidos mínimos a través de los diferentes espacios partidarios. Pero por supuesto, el detalle que falta es la capacidad de la política para establecer las mediaciones necesarias. 

Inspirado por estas recientes y un tanto desordenadas lecturas laclausianas fue que decidí sumar mi propia pancarta a la protesta. Con letras rotundas escribí:   

“Por una lógica equivalencial que, a través de la “espesura” de los hechos, nos permita (re)construir –tanto discursiva como prácticamente- una nueva subjetividad democrática, popular y republicana”.

Pero me parece que no se entendió mucho. La gente que deambulaba por Plaza Moreno me miraba con una mezcla de sorpresa y desconfianza rayana en el temor. Unos jóvenes de secundaria –próximos votantes- intentaron deletrear el mensaje pero lo abandonaron al toparse con el primer paréntesis. Y una nenita que me señalaba con el dedo, con obvia intención de acercarse, fue severamente disuadida por sus prudentes padres.

Mucha más repercusión tuvo un pequeño cartel sostenido por un jubilado que –para colmo- se estacionó a mi lado. Decía así: “Soy un ciudadano… ¿O es una sensación?”.


La Plata, 9 de noviembre de 2012. Publicado en la página del Club Político Argentino: http://www.clubpoliticoargentino.org/

CONSTITUYENTES

miércoles, 12 de septiembre de 2012


Por Antonio Camou

Hay que reconocerle a Ernesto Laclau, entre otras virtudes intelectuales, un envidiable sentido de la anticipación. Mientras distintas organizaciones sociales lanzaron el “Movimiento para una Nueva Constitución Emancipadora y un Nuevo Estado” entre los meses de abril y junio, y los miembros del espacio Carta Abierta todavía no han terminado de sumarse a la cruzada re-reeleccionaria, el autor de La razón populista les ganó de mano a todos y a todas. En una entrevista concedida al diario La Nación allá por los primeros días de enero (8/01/2012) abogó sin medias tintas por el cambio constitucional, consagrando a Cristina Fernández de Kirchner, si bien no eterna, al menos perpetua.

Es cierto –podrá alegarse- que a nuestro filósofo lo aventajaron clamores eternizantes  de ciertos parlamentarios ultra-kirchneristas. Pero las intervenciones de estos legisladores no suelen estar contaminadas por ideas propias, reflexiones críticas o datos fidedignos, por lo cual no sintonizan bien con las necesidades de un debate público medianamente decoroso. En Laclau por el contrario, y como podía esperarse, se encuentra una línea argumental digna de atención. En ella se articulan un objetivo de construcción hegemónica de mediano o largo plazo, una estrategia político-institucional de ejercicio del poder y una táctica de coyuntura. Vale la pena detenerse en su análisis.

La táctica inmediata es clara y se dice fácil: “profundizar la senda”. Sin entrar en detalles, la bitácora de vuelo que ha seguido el oficialismo –desde la modificación de la carta orgánica del Banco Central hasta la expropiación de YPF, pasando por el “blindaje” a un vicepresidente sospechado de gruesos actos de corrupción- sigue al pie de la letra un derrotero inequívoco. Ahora también sabemos que ese dispositivo profundizador (“vamos por todo”) se complementará con diversas iniciativas de modificación de la normativa electoral vigente (“vamos con todos”).

El objetivo, por su parte, es revelador de la opinión de ciertos segmentos ilustrados del aglomerado en el poder. Dice Laclau: “Un proyecto de cambio necesariamente tiene que modificar el aparato institucional. Las instituciones no son neutrales. Son una cristalización de la relación de fuerzas entre los grupos. Por consiguiente, cada cambio histórico en el que empiezan a participar nuevas fuerzas debe modificar el cuadro institucional de manera que asegure la hegemonía más amplia de los sectores populares”. Casi con las mismas palabras, aunque en un tono algo más radicalizado y con música de cierto prólogo marxiano, repitió estas ideas en una nota reciente en el diario Tiempo Argentino (29/08/2012): “cuando nuevas fuerzas sociales irrumpen en la arena histórica, habrán necesariamente de chocar con el orden institucional vigente que, más pronto o más tarde, deberá ser drásticamente transformado. Esta transformación es inherente a todo proyecto de cambio profundo de la sociedad” (las cursivas son mías). Es una lástima que los pensadores K, el multimedios oficial o el bonapartismo de cadena nacional no se hayan detenido a explicarnos con mayor detalle por qué es necesario cambiar una Constitución que en algunos de sus puntos fundamentales todavía no ha empezado a cumplirse y cuyo texto no requiere ser alterado en una coma para enfrentar los graves problemas que el país padece en la actualidad: persistencia de la pobreza y la desigualdad social, inseguridad, corrupción, baja calidad educativa, inflación, caída de la inversión, etc. Tampoco nos han revelado qué limitaciones concretas encontraron algunas buenas iniciativas gubernamentales (el matrimonio igualitario, por ejemplo) en un plexo jurídico que fue promovido, elaborado y avalado,  entre otros convencionales constituyentes, por Néstor Kirchner y por Cristina Fernández de Kirchner.  

En cualquier caso, a mitad de camino entre aquellas tácticas de corto alcance y el objetivo de esas drásticas transformaciones por venir se ubica una mediación político-institucional que Laclau considera imprescindible: la reelección presidencial indefinida. Ante la pregunta del periodista, “¿Reelección indefinida o con límites?”, el filósofo oficialista exclama sin titubear: “¡No! ¿Por qué tiene que haber un límite?”, y agrega tras cartón: “El juez… Zaffaroni, por ejemplo, habla de un régimen parlamentario en el cual haya un presidente ceremonial y un primer ministro sin límites a su reelección, como en Europa”.

Es obvio que el catedrático de Essex no ignora las diferencias entre un sistema presidencialista y otro parlamentarista, por lo que la mescolanza que efectúa en su respuesta no parece obedecer al descuido. Al igual que el globo de ensayo lanzado en su momento por el Juez de la Corte, la ambigüedad de Laclau embona demasiado bien con la estrategia que ha venido pergeñando el oficialismo. Lejos de promover un debate serio sobre la pertinencia, oportunidad y condiciones para un cambio constitucional –cuestión siempre abierta y saludable en cualquier democracia- el kirchnerismo comienza por degradar el objeto de la cuestión a un mero intercambio manipulatorio: Plan A, “Cristina eternizada en la presidencia”; Plan B, “si no nos dan los números, metemos el parlamentarismo para arrastrar sectores de la oposición y luego lo vaciamos desde adentro”.

Pero más allá de esos vaivenes argumentales, el autor de Hegemonía y estrategia socialista deja en claro su primera preferencia, acorde con las aspiraciones de todos los liderazgos populistas de la región: “Cuando hablo de la posibilidad de la reelección indefinida, no pienso sólo en la Argentina. Pienso en los sistemas democráticos en América latina, que son muy distintos de los europeos, donde el parlamentarismo es una respuesta al hecho de que la fuerza social de cambio se ha opuesto históricamente al autoritarismo de la realeza. En América latina, en cambio, tenemos sistemas presidencialistas fuertes y los procesos de voluntad de cambio se cristalizan alrededor de ciertas figuras, por lo que sustituirlas crea un desequilibrio político”.

Si sustituir ciertas figuras después de un tiempo razonable (o sea, favorecer la renovación de dirigentes, fortalecer las instituciones por sobre la personalización del cargo y evitar los riesgos de perpetuación autoritaria) crea “un desequilibrio político”,  ¿Acaso no crea un desbalance mucho más peligroso la “monarquización” creciente de nuestras democracias? ¿No es justamente éste una de los rostros tras el que acecha la “muerte lenta” de la institucionalidad democrática, como lo advirtiera hace ya tiempo Guillermo O’Donnell? Sería demasiado sencillo traducir en buen romance la preocupación cortoplacista que Laclau deja caer en un razonamiento cuyo ademán justificatorio pretende señalar un horizonte de largo aliento. Allí se encuentra la fisura por la que se cuela lo “no dicho” de su discurso: “si no va Cristina, no tenemos a nadie a quién poner”; “si no va Cristina, no sabemos cómo terminaría una guerra sucesoria al interior del peronismo”, etc.  

Del mismo modo, tampoco sería difícil mostrar las imposturas y contradicciones en que incurren los intelectuales oficialistas cuando barajan las cartas de crítica al poder que después reparten marcadas a su favor. Si las repúblicas democráticas contemporáneas han aprendido -en buena hora- a establecer límites a todo tipo de poder, ya sea éste militar, económico o mediático (algo que un kirchnerista de hueso colorado debe reconocer de entrada), el equilibrio entre gobierno y ciudadanía también requiere que se le impongan límites al poder político. Como en el presidencialismo no es posible establecer demarcaciones en el mismo “espacio” institucional (no puede haber dos presidentes juntos compitiendo por quién hace mejor las cosas), la única posibilidad es establecer una limitación en el tiempo. Por tales razones, la prohibición re-reeleccionaria (e incluso reeleccionaria), junto con una amplia gama de controles y mecanismos permanentes de rendición de cuentas (que en nuestro caso los gobiernos K se han encargado de desactivar), son principios vitales defendidos por las constituciones de los países desarrollados y respetados por la gran mayoría de los países latinoamericanos. A fin de cuentas, la idea de que ciertos límites institucionales han de ser respetados por el poder político constituye una línea demarcatoria que separa las visiones democrático-populistas de variada laya de las perspectivas democrático-republicanas consagradas por nuestra Carta Magna.  

Pero las intervenciones de Laclau no son interesantes por el aporte de argumentos originales a pretensiones continuistas tan viejas como el caudillismo, sino porque contribuyen a develar de manera más llana una lógica de poder que la gongorina prosa de otros intelectuales cercanos al gobierno prefieren ocultar bajo espesuras metafóricas o apelaciones grandilocuentes al decurso de la historia. En un juego de complicidades y contrapuntos con el más pedestre reclamo re-reeleccionario del kirchnerismo “pragmático” (en el que se mezclan la necesidad de supervivencia en el poder, las lealtades fiscales, las convicciones presupuestarias, el apetito voraz de los aparatos territoriales o los meros negocios), el kirchnerismo “doctrinario” parece razonar (o hacernos creer que razona) en términos de altos fines transformadores a los que hay que llegar por medio del dispositivo re-reeleccionista. En los próximos meses, el modo en que se integren, yuxtapongan, amontonen o malentiendan estos diferentes sectores que se aglutinan en el oficialismo definirá buena parte del destino del proyecto de reforma constitucional.

Claro que la otra parte de la historia se jugará desde la vereda de enfrente. El intento de perpetuarse en el poder del kirchnerismo le ofrece al desperdigado espectro opositor una oportunidad de converger en una posición común, sin perder sus diferencias de cara a los comicios legislativos del año próximo pero también sin olvidar las lecciones de la catastrófica derrota del año pasado. En virtud de esa amarga experiencia no debería aceptarse ligeramente la idea según la cual la pretensión re-reeleccionaria le “da una bandera” a la oposición o le insufla una “épica” de la que carecía hasta ahora. En el mejor de los casos es una condición necesaria, pero no suficiente, puesto que ninguna ocasión en sí misma reemplaza la siempre difícil y necesaria tarea de producción simbólica y material de la política.

En este sentido, la senda trazada desde hace meses por el que tal vez sea el pensador preferido de la Casa Rosada brinda también un espejo útil donde mirarse. Un aparato de poder que dispone de cuantiosos e incontrolados recursos, de voluntades raramente corregidas por el escrúpulo y de notorias astucias, solamente puede ser enfrentado desde una amplia coalición político-intelectual, que trascienda el coto cerrado del “antikirchnerismo”, y que promueva un consenso mínimo en torno a objetivos, estrategias y tácticas orientadas a frenar la ofensiva oficialista. El desafío no sólo residirá en movilizar a los convencidos, sino en sumar a los indecisos, e incluso a fracciones de los que marchan por la otra orilla. Nadie debería empezar creyendo que se trata de una tarea fácil, guiada por almas bellas. 

La Plata, 6 de septiembre de 2012
Publicado en la página del Club Político Argentino: www.clubpoliticoargentino.org (10/09/2012)

¿EL REGRESO DEL PRINOSAURIO?

sábado, 8 de septiembre de 2012




Por Antonio Camou

El triunfo de Enrique Peña Nieto en las elecciones del pasado 1ero de julio ha vuelto a ubicar al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la cúspide del sistema político mexicano. En una jornada sin graves incidentes y con la participación electoral más alta de la historia del país (62% del padrón), el ex gobernador del estado de México alcanzó el 38,21% de los sufragios, y eso le alcanzó para derrotar al candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador, que obtuvo el 31,59%, y a la oficialista Josefina Vázquez Mota del Partido Acción Nacional (PAN), que logró mantener un decoroso 25,41% después de dos poco afortunadas presidencias “panistas”. Aunque están pendientes de resolución una serie de impugnaciones cruzadas, se ve difícil que el Tribunal Electoral cambie en los estrados lo que el viejo partido “tricolor” ganó en las urnas.

Creado en 1929 por el presidente Plutarco Elías Calles como Partido Nacional Revolucionario, y bautizado con su nombre actual hacia 1946, el PRI se mantuvo en el gobierno federal durante 71 años seguidos, para regresar al poder después de dos sexenios consecutivos fuera de la Presidencia de la Nación. Si bien el desarrollo de la campaña, el proceso electoral y el detalle de los resultados ofrecen mucha tela para cortar, tal vez la pregunta más acuciante hoy toma la siguiente forma: ¿Estamos asistiendo a la restauración del viejo sistema político mexicano? Y aunque la cuestión no tiene hoy una clara respuesta, tal vez podamos acercar algunas conjeturas si prestamos atención al camino que nos trajo hasta aquí.

Allá por los primeros años de la década del noventa era costumbre en México, entre los múltiples críticos del partido gobernante, llamarlo despectivamente el “prinosaurio”. Se vivían entonces los tiempos de la “transición democrática” y era común mirar el caso mexicano en el espejo de los cambios de régimen político acontecidos en el sur de Europa, tomar como modelo el hundimiento de las dictaduras militares de América Latina, o incluso compararlo con la debacle de los “socialismos reales” en los países de Europa del Este. Pero la metáfora paleontológica y el espejo analítico deformaban la visión en un punto fundamental. A diferencia de las huestes cívico-militares de Salazar, Videla o Ceausescu, el PRI no era un animal político en extinción ni un adversario “inaceptable” en el nuevo orden democrático por venir. Era, para utilizar la clasificación de Sartori, un partido “hegemónico”, y no podía darse por liquidada su capacidad para adaptarse a un sistema de competencia plural que podía llegar a tenerlo como un actor relevante. Al fin y al cabo, el PRI había tejido durante décadas un paradigma de gobernabilidad que permitió pacificar el país después de la marea revolucionaria de principios del siglo XX, empujar la economía por la senda del “desarrollo estabilizador”, y evitar que la sociedad mexicana se desangrara en los pendulares quiebres autoritarios padecidos por la mayoría de los países latinoamericanos; en ese vasto itinerario había mostrado una notable habilidad camaleónica –mezclada con variadas dosis de violencia, cooptación y corrupción- para sobrevivir en la jungla del poder.

Pero esa capacidad de adaptación comenzó a revelar fisuras cada vez más serias que abrirían paso a la progresiva democratización del país. Aunque no es fácil definir con precisión cuándo comenzó la “transición” que culminó desalojando al PRI del poder, conviene recordar algunos hitos clave de ese derrotero. En principio, varios observadores marcan como lejano punto de largada las protestas del movimiento estudiantil que terminaría siendo cruelmente masacrado en la Plaza de Tlatelolco, la noche del 2 de octubre de 1968. Con aquella sangrienta matanza, el “ogro filantrópico” mostró su cara represiva más brutal,  a  la vez que generó un severo quiebre entre las clases medias ilustradas y el partido de gobierno. Para otros se inició con la Reforma Electoral de 1977, en respuesta a la agitación armada y campesina que asolaba a los estados más pobres del país, aunada a un inquietante vacío de legitimidad: en la elección presidencial de 1976 no se presentó ningún candidato opositor a la contienda, que fue ganada por José López Portillo (1976-1982).

Sin descartar estos antecedentes, muchos prefieren resaltar la escisión –a fines de 1987- de la “Corriente Democrática” del partido “casi único”, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, como el inicio de marcha democratizadora. Esa ruptura había comenzado a incubarse en respuesta al giro neoliberal conducido por Miguel de la Madrid (1982-1988), cuando la vieja “familia revolucionaria” empezó a dividir aguas entre quienes se mantenían fieles a la herencia del nacionalismo popular y quienes defendían la modernización globalizadora de la economía, propiciando una alianza más estrecha con los Estados Unidos. Esa conflictiva “disputa por la Nación”, como la llamó un libro de época, haría eclosión de manera definitiva al momento de definir la sucesión presidencial, y la crucial decisión de Cárdenas de abrirse del partido marcarían un punto de no retorno: su ejemplo demostraba que existía vida política fuera del aparato del PRI. Bajo las banderas del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, en alianza con diversas corrientes de la izquierda que más tarde darían origen al PRD, el cardenismo competirá en la turbulenta elección del 6 de julio de 1988, aquella en que misteriosamente “se cayó el sistema” de cómputo y que finalmente consagraría como ganador a Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) .

Desde esa “caída” del sistema informático, una notoria metáfora anticipatoria de la caída del sistema de poder vigente durante décadas, México vivió poco más de una década de fuerte conflictividad en torno a la definición de un nuevo régimen político. Mientras tanto, en un movimiento continuo, aunque no exento de contramarchas y desbarranques,  atravesado por episodios de violencia extrema pero también por notorios esfuerzos de construcción institucional, la ola democratizadora fue creciendo desde la periferia al centro. Así, en 1989 el PRI pierde –por primera vez en la historia- la gobernación de un estado (Baja California) a manos de un candidato del PAN, y desde entonces sufrirá diversos retrocesos que lo llevarán a resignar la presidencia de la Nación a manos de otro “panista”: Vicente Fox (2000-2006). En medio, hay al menos dos fechas para recordar: la primera es el año 1994, que comienza con la insurrección zapatista en el sur del país y culmina –en una ciudad norteña- con el asesinato del candidato presidencial prísta, Luis Donaldo Colosio, apresuradamente reemplazado por Ernesto Zedillo (1994-2000); la segunda fecha es1997, cuando el PRI pierde la mayoría legislativa en el Congreso Nacional.   

Mirado sobre este telón de fondo, buena parte de los desafíos del gobierno priísta se desprenden tanto de esta historia lejana como de las cuestiones irresueltas que heredará del saliente gobierno de Felipe Calderón (2006-2012). Entre esos desafíos se destacan el agravamiento de la cuestión social, en particular por el aumento de la pobreza en la última década y media sumada a la profundización de la desigualdad; la dinamización de una economía que si bien opera en crecimiento lo hace por debajo de su potencial (en este punto la apertura al capital privado de la petrolera estatal –PEMEX- será un punto central de la agenda pública); y finalmente –aunque no en último lugar- la atención al problemática del narcotráfico que en el último sexenio se cobró la friolera de entre 50.000 a 80.000 muertes, según las fuentes que se consulten.

En el camino, no son pocos los priístas de viejo cuño que volverán “por todo”, buscando reeditar los antiguos modos autoritarios de ejercicio de gobierno. Frente a ellos encontraremos también a una nueva generación que aprendió la lección de la derrota de los últimos sexenios y apuesta –por convicción u oportunismo- a la necesidad de modernizar democráticamente al “tricolor”. Habrá que prestar especial atención a esta contienda al interior del partido de gobierno para entender una parte importante de la dinámica política por venir. Y si los “modernizadores” no la tendrán fácil, tampoco será sencilla la vida de los “restauracionistas”. En primer lugar, porque el PRI dispondrá de un poder político mucho más distribuido que en el pasado: con una votación legislativa 6% inferior a la presidencial, el PRI totalizó el 31.93% de los sufragios en la Cámara de Diputados y el 31,25%  en el Senado, y estará obligado a tejer acuerdos con diferentes sectores de la oposición para impulsar sus iniciativas. En segundo lugar, el Estado mexicano –con sus rémoras, ineficiencias, corruptelas y opacidades- ha generado en los últimos años algunos espacios de una institucionalidad renovada, más transparente, capacitada y autónoma (el caso más emblemático es el Instituto Federal Electoral, pero no es el único) que será muy difícil subordinar a las pretensiones del Ejecutivo. Y finalmente, el PRI se encontrará con una sociedad civil bastante distinta a la que dejó hace más de una década atrás: más informada, mejor organizada y más dispuesta a movilizarse -aún con sus debilidades- en pos de sus derechos.

“Somos una nueva generación. No hay regreso al pasado”, dijo el hombre que –con 45 años- asumirá en diciembre la presidencia de México. Habrá que ver para creer.


La Plata, 15 de agosto de 2012

Publicado en Espacios políticos, Año 13, Nro. 8 (edición impresa), Septiembre 2012. Disponible en http://www.espaciospoliticos.com.ar/

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